Sobrevivir a la pandemia: el ciclo de la jodedera

Por Guillermo García

Mi madre me dio la vida

pero el sistema educativo mexicano las ganas de quitármela

 

Lunes 4 de mayo

¿Sabrá el camionero que, según las últimas actualizaciones, cada minuto un mexicano se infecta de coronavirus? ¿O será de los que creen que el virus no existe y es un exosoma producido por la 5G?

Quizá sea sólo por comodidad que se quitó el cubrebocas. Resulta molesto el aire caliente sobre los labios, la respiración que parece agitada siempre. No lo sé, pero él maneja como si no le importara igual nadie se acerca y, además, el camión está casi vacío. Últimamente no hay mucha gente en la calle.

Detrás del chófer, una estructura metálica de forma rectangular con un trapo viejo que la hace de división entre él y los pasajeros, si los hubiera. Ahora sólo estamos yo y una mujer que va a su lado, creo que es su novia, dudo que se hayan casado, son muy jóvenes, pero mientras conversan, la chica clava sus ojos en el que maneja con los brazos fuertes al aire y los ojos puestos sobre el camino. Pareciera que el pecho y la mirada se le inflan en suspiros que no alcanza a contener. Es muy probable que vivan en unión libre, si no, ¿por qué acompañar a un chófer en su ruta?

¿Sabrán ellos que el virus se adhiere a las superficies? ¿Que prevalece en los espacios? ¿que, aunque yo esté a varios metros de ellos, eso no lo exenta de resultar infectados por azares del destino? ¿Y qué va a pasar con quien recibe las monedas? ¿qué, con el que al bajar se sujete del pasamanos? No hay que bajar la guardia o ¿será de los que creen que el coronavirus no existe?

Crónica de un estudiante frustrado

Yo quería hacer un buen reportaje, se los juro que yo quería hacer un buen reportaje. Cuando las clases virtuales comenzaron, uno tenía la mejor disposición de adherirse a ellas, de lograr trabajar desde casa y hacer uso de las nuevas plataformas para ponerse al día en la onda de lo tecnológico. La pandemia, en algún sentido, nos orillaba a la virtualización.

Ahora bien, uno de los principales problemas se encontró ahí: la virtualización. En primer lugar, porque no se consideraba la enorme brecha digital existente en México y en segundo, porque algunos de los docentes en realidad no estaban preparados para mantener clases online. A pesar de la capacitación que recibieron, todos sufrían problemas a la hora de presentar el material. Las clases se volvían lentas. Algunos profesores estaban sin estar, se limitaban al acto presencial; las retroalimentaciones eran deprimentes.

Las primeras sesiones fueron redundantes, por no decir otra cosa. Volver sobre nuestros mismos pasos, regresar a lo que ya habíamos visto y que la mayoría de las veces se limitaba a títulos del material de lectura anexado que nadie leía ni cuando había clases presenciales, en fin. Todos fingimos que estaba bien, que la cosa iba a funcionar, decretamos lapsos para dedicarnos a abrir los ojos frente a la pantalla con el hilo de baba esperando para justificar una calificación. A pesar de la evidente disfuncionalidad, todos pasamos a formar parte de esa realidad que creamos como mero pretexto para no decir que no estábamos haciendo nada.

El problema vino después. La situación se aplazó, la pandemia duró más de lo que los inocentes esperaban, perdimos los empleos. Vimos la jeta mordaz del capitalismo: la CFE siguió cobrando, Megacable igual, Telmex hizo lo mismo. Había que pagar las cuentas, la renta, el maldito internet para verle la cara a compañeros y profesores. Hubo que buscar una manera de sacar a flote las cosas. He aquí cuando se comenzó a volver difícil lo de las clases virtuales.

Los roomies se fueron. Entré a trabajar en un noticiero. El horario era de cuatro de la tarde a doce de la noche. Había comenzado como becario. No recibiría nada sino hasta el primer mes. De regreso a casa, caminaba las calles del centro buscando taxi, pero estaban vacías. Sólo hallabas jardines acordonados y uno que otro policía mal encarado viéndote directo. Había que subir por toda Revolución, continuar hasta el Zalatón, pasar la glorieta del Benito Juárez, abrir bien los ojos en la glorieta del DIF, andar por la Camino Real, pasar la Universidad, pasar el Macaza, llegar a la capilla, dar vuelta a la izquierda por la privada, caminar dos cuadras, media a la derecha y abrir la cerradura.

Una hora, en el mejor de los casos. Llegar a casa a la una de la madrugada. Dormir hasta la una treinta/dos, y luego despertar a las nueve para la clase de las diez, que va a empezar a las diez treinta, en la que van a repetir lo mismo que la clase pasada. Hubo que definir prioridades, resultaba más interesante dormir.

Sobre el trabajo

Se supone que yo estaría en una capacitación constante, pero la cosa fue distinta. Estuve un día ahí y al siguiente ya me tenían capacitando sólo porque atiné a resaltar una cacofonía hecha por el redactor.

Los primeros días, además de trabajar con otros becarios, me tocaba hacer corrección. Trabajaba por planas, en cada plana corregía alrededor de cinco/seis notas. Pronto tuve que estar en contacto con la información del día, seguridad/política/salud. Era impresionante notar que diariamente se incrementaba la cifra de infectados, a veces ocho, a veces diez en un solo día.

Las calles comenzaron a tomar otra dimensión. Cuando salía del trabajo entendía que nadie estuviera en ellas. Las gasolineras estaban vacías, acaso el vigilante en algunas. Comencé a dimensionar el problema.

Por la mañana no asistía a las clases virtuales, nos habían dicho que el 70% de la calificación se obtendría mediante un reportaje que se calificaría de manera colectiva por los profesores, además de actividades independientes de cada materia que tendrían un valor del 30%.

Por las tardes tenía que salir media hora antes al trabajo, quería evitar los camiones. Por las noches seguía el camino de regreso a casa. El centro era un portal, quizá, era como viajar a través del tiempo, su soledad acrecentada. El silencio de sus calles, lo apacible de los negocios. Un Colima de los 30’s/ 40’s, no lo sé.

A los pocos días, de haber entrado al noticiero, un personaje político de Colima dio positivo a una prueba de Covid-19. Una de las chicas de la redacción había estado con él apenas unos días atrás y tuvieron que aislarla 15 días. La situación se ponía interesante, la paranoia nos cosquilleaba, entraba de a poco. Comenzamos a extremar precauciones en la redacción, aunque nadie lo quiso reconocer.

A las dos semanas corrieron a uno de los trabajadores del noticiero. Ahora yo me encargaba de hacer su trabajo. ¡Eran chingaderas! Correr a un trabajador sólo para ahorrarte ese dinero con becarios, era una mentada de madre a mitad de la pandemia, pero así funcionan las cosas. Quedé de redactor y editor. De cuatro a siete: hacer la plana de Comunidad Portuaria, contar golpes en las cabezas, en el cuerpo, hacer el borrador de la plana y editarla. Llamar a Carlos. Corrección 1/Corrección 2/ Corrección 3. Escribir la ruleta política. Pensar una editorial, y por la noche, en mi “tiempo libre”, seguir practicando la edición.

Tenía que comenzar el reportaje. Tal vez hacer alguna de las actividades, pero darle prioridad al repo.

Ana Alondra García Martínez

Ana Alondra García Martínez es una chica de 21 años originaria de Morelia, Michoacán, que por motivos académicos se quedó atrapada en Colima. Su historia comienza cuando decidió hacer el intercambio. Previo a la Ucol, el trámite original lo presentó para Colombia. Fue aceptada, pero la fecha en que llegaba la beca era posterior a la que tenía que presentarse en la nueva universidad. No podía costear los gastos por su cuenta. Pensó otra opción, Colima estaba a seis horas de casa y de una u otra forma contaba como experiencia.

Cuando recién comenzó la pandemia, Alondra regresó a Morelia. Ante la contingencia, sus padres le depositaron mil pesos extras a sus gastos para que los invirtiera en cubrebocas ya que en Morelia se habían agotado.

Duró una semana en la ciudad, la trajo de vuelta la incertidumbre. De pronto nadie sabía qué iba a pasar con el semestre. Algunos hablaban de clases virtuales, pero Alondra estaba haciendo su intercambio en la Facultad de Artes Visuales, en su mayoría llevaba talleres ¿cómo los tendría que realizar? ¿de qué manera los docentes calificarían? de cualquier forma, su material de trabajo estaba en Colima, tenía que regresar.

Luego comenzó la desinformación, la Universidad no sabía si regresaría o no a las clases presenciales. Alguien dijo que el primero de junio todo se reanudaba. Alondra alegó a sus padres que no podía perder el semestre pues repetirlo supondría doble gasto. Al tiempo, comenzó el golpe económico. Hubo despidos/recortes. Su madre perdió el empleo. Su padre, un ultrasonografísta, que la hacía de médico general en la clínica privada Chopo, se vio obligado a escoger entre renunciar o aceptar una reducción salarial del 80%, que aseguraba su trabajo por lo menos hasta diciembre.

Cuando Alondra quiso salir de Colima no pudo. Sus padres estaban separados, su madre y su hermana sobrellevaban la cuarentena con la manutención que el padre otorgaba para las chicas, pero ya no había dinero para mantener a la hija mayor en Colima. No había para pagar la renta, ni para mandarle dinero a la semana. No había ni siquiera para costear un boleto de autobús, además del riesgo y la exposición que ello supondría.

Por el momento Alondra sigue en Colima. Sobrevivir le costó su Canon T6 y aún faltan unos meses. Piensa conseguir un empleo. Es un hecho que la Universidad no va a reanudar sus clases presenciales, ya lo confirmaron, pero qué más da la universidad. Por ahora hay cosas más importantes en las qué pensar o de plano en las que es mejor no pensar. A ver qué pasa.

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Eros Miranda

Estamos en una suerte de cabaña sobre las faldas de un cerro en Cofradía. Nos trajo el camarada Noé. También vienen Eros, Alondra, Rosy y el Alexis. Es la primera vez que salimos en conjunto, somos amigos todos, pero los horarios nos dificultan hacer reuniones como estas. Unos trabajan los fines de semana, otros de lunes a sábado. Pero con la pandemia todo se ha frenado.

Noé sigue ayudando en casa con la ferretería de sus padres. Alondra no está trabajando. Rosy perdió su empleo porque cuando anunciaron el cierre de negocios no esenciales su jefa se negó a cerrar y tras faltar unos días llamó para despedirla; Alexis sólo trabaja los fines de semana y Eros no está trabajando, aunque recibe la mitad de su sueldo.

EM: Pues ¿qué te puedo decir, pa? A unos nos va mejor que a otros

GG: Pero ¿a ti no te corrieron?

EM: No, porque yo estoy en bodega. Haciendo inventarios nomás

GG: Pero ¿qué pedo? o sea ¿te siguen pagando y todo?

EM: Me pagan la mitad, pero no estoy yendo a trabajar. A los que, si mandaron pa fuera, es a los de piso, de ellos si corrieron a varios, y a los que quedaron les pagan menos.

Eros sonríe, a veces cuando habla se torna más serio de lo normal, al punto de que parece enojado, pero normalmente está sonriendo, consecuencia de la pachequez.

EM: Pero no quisieron estudiar los culeros.

GG: Chale, ni pedo.

EM: Se supone que una de las morras de piso estaba contagiada, pero nadie lo confirmó, nomás soltaron el chisme por ahí. Como sea, corrieron a varias.

GG: ¿sabes cuándo van a abrir?

EM: ¡Eso sí quién sabe!

GG: ¿no te preocupa que te corran?

EM: Sí, pero no creo que lo hagan, de todas maneras, ya nos dijeron que si la tienda cierra nos van a liquidar chido.

GG: ¿Neta va a cerrar D´todo?

EM: Pues sí, en las últimas ventas que hubo no se sacaba nada de las tiendas.

GG: ¿Y cuánto tiempo les van a poder pagar?

EM: No sé. Se supone que el señor está buscando otras formas para ponernos a chambear. Hasta ahorita hay dos propuestas. La primera es comenzar a vender todo por internet, y la otra es reabrir la tienda, pero dejando pasar nada más a una persona

GG: ¿Cómo?

EM: Sí, mira. Se supone que nomás va a estar alguien adentro y alguien en bodega, y tú, como cliente nomás llegas, tocas, abren la cortina, pasas y la bajan. Cuando sales, lo mismo; y así, de a uno por uno, aunque también están pensando en vender cubrebocas.

Karina Alejandra Plata Díaz

Karina Plata trabaja en Dimex, que es una financiera regiomontana con diversas sucursales en la república. Tan solo en nuestro estado hay dos: en ColimaManzanillo.

Karina trabaja en la de Colima, que se ubica en plaza Roma, a un costado de la glorieta del DIF.

Ahora estamos en su trabajo, me ha dado una taza con café y se burla de que sólo voy a eso o a robarle agua. En el centro de la oficina hay una mesa redonda, un frigobar, la impresora y dos computadoras con su respectivo escrito en los rincones.

Karina se ríe, está feliz.

KP: Pues en aquí no ha pasado mucho, la gente ya casi no viene. Todo se hace por teléfono, a menos que sea un trámite que forzosamente necesite ser presencial, ahí sí.

GG: Y ¿con los compañeros no te da cosa?

KP: No, pues no. Ellos casi no están saliendo, la mayoría ahorita están haciendo renovaciones. Trabajan con clientes que ya tienen en su agenda, entonces nada más les llaman, y como ya tienen todos los papeles aquí, en realidad salen muy poco.

GG: Y ¿la meta?

KP: Pues la meta sigue siendo la misma, ya ves. A veces la logran, a veces no. Pero si te refieres a si nos la cambiaron, pues no, no nos la cambiaron. Y pues tienen que entender, por lo mismo o he mandado a los muchachos a volantear o a hacer guardias.

GG: y ¿tú sigues trabajando igual?

KP: No, a mí me cambiaron el horario. Ahora entro a las diez y salgo a las cuatro. Trabajo sólo de lunes a viernes.

GG: Pues quien fuera tú

Karina se ríe, en ese momento suena el teléfono y se levanta a contestar. Antes de que comenzara la entrevista se estaba quejando de que va a subir su precio Netflix, de las clases virtuales para las que ahora se debe levantar temprano y de que ya no sabe qué hacer con los niños en casa. Yo me preparo otro café.

 

Sobre evitar la pandemia

Si bien en una primera etapa se pudo evitar el desarrollo de la pandemia fue porque un gran número de personas decidió seguir las indicaciones dictadas. Crearon una estrategia mediante la cual el representante de una dependencia brindaba información diaria sobre la situación del problema. La transmisión en vivo y su accesibilidad, hicieron que la evaluación del acontecimiento se volviera algo cotidiano. Sabíamos cómo el virus avanzaba, nos familiarizamos con él, hicimos de Gatell un personaje. Los negocios se frenaron, hubo paro en las áreas recreativas, se cortó el contacto y entremos a la etapa de exclusión

Pararon las escuelas y los negocios. Nos comenzamos a aburrir, hubo que buscar cosas con las cuales entretenerse pues de pronto había demasiado tiempo libre. Amazon incrementó en un 80% el precio de sus suscripciones, pasando en Europa de los 19,95 Euros a los 36 por una suscripción Prime. Netflix presentó un incremento del 21% sumando 16 millones de usuarios durante la cuarentena (actualmente la plataforma cuenta con más de 183 millones de usuarios).

El aislamiento causado por la pandemia hizo que incrementaran de manera desorbitada sus ganancias. La gente necesitaba distracción/entretenimiento. Los que trabajaban hacían home office o, en algunos casos, las jornadas se laborales se redujeron a la mitad minimizando el contacto con las personas.

Hay un video circulando en redes donde entrevistan a una señora que decidió abrir su negocio en las calles de Guadalajara; tiene una estética y la han obligado a cerrar. En realidad, la estética no es suya, sino que renta el inmueble a lado de otras personas que también se dedican a hacer arreglos varios y cortar el cabello. Es 30 de abril. La señora dice algo como que, si se muere o no ese será su problema, que lo que ahora le preocupa es conseguir dinero, que no hay clientes y que quisiera poder llegar, aunque fuera con una pizza a su casa para festejar a su hijo porque “¿él qué sabe de estas cosas?”. Alguien le pregunta que en cuánto andaban sus ingresos diarios cuando la estética funcionaba. Pero ella insiste en que no se pueden quedar en su casa sin hacer nada porque nadie va a llevarles de comer, que de una forma u otra tienen que salir a ganarse la vida. Luego dice, como resignada, que, aunque abra no va a haber clientes, que si acaso llegan dos por día es bastante. Luego llora, “en días buenos antes se sacaba hasta los mil pesos, dependiendo el trabajo que hiciera una”, después se va. En otro video, un par de oficiales detienen a un señor afuera de un negocio. Los locatarios están rodeándolos mientras los policías y el sujeto forcejean; los oficiales traen un cubrebocas negro que solo les cubre la barbilla, el hombre tiene uno blanco en la mano. Algo alegan, gritan, el policía se vuelve al locatario que defiende al señor y lo maldice un rato. El problema es el cubrebocas, no lo llevaba puesto al salir y por eso lo tenían que detener, eran las órdenes. Ahora lo tenía, se lo había dado un locatario para que no hubiera problemas, pero al salir no, o cómo hubiera sido, de igual forma se lo tenían que llevar. Guillermo del Toro ya cuestionó las medidas que está tomando el gobierno de Alfaro. En otros estados del sur, guardias comunitarias aparecen golpeando a quienes violan la cuarentena u obligándolos a realizar actividades físicas. En Manzanillo y Tecomán El Cártel Jalisco Nueva Generación acudió a entregar despensas.

Vimos, entonces, la aparición de distintas realidades convergiendo en un mismo espacio. Mientras unos disfrutaban de la cuarentena y hacían de su preocupación la temporada que está por salir, otros no sabían qué sería de su empleo. Las primeras semanas todo pasó normal. Los jefes que decidieron seguir pagando lo justo fueron pocos. Algunos cancelaron las jornadas laborales y redujeron el sueldo a la mitad (el caso de tiendas como D’todo, en el centro de la ciudad) otros decidieron deslindarse de la situación.  Músicos, meseros, artistas se quedaron sin empleo, pero no aplicó solo para el trabajo en la “informalidad”, sino que, en el proceso, hubo una evolución de lo que se consideraba el trabajo estable; muchos jefes no pudieron con la carga y comenzaron a despedir personal. Hemos entrado a la etapa del subempleo, la única manera de sobreponernos o generar una economía funcional es volver a la fuerza obrera para incrementar la producción.

Los empresarios más entusiastas proponen adaptarse a la situación mediante el uso de las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, para resolver problemas de gestión, distribución, recursos humanos, e incluso acciones mecánicas. A nivel nacional, se estima que 45% de las empresas presentan demoras en sus productos debido a la contingencia, y 9% de estas, reporta no tener insumos para trabajar.

Lo único seguro después de la pandemia es el incremento en el índice de desempleo, aunque se desconozca en qué magnitud, asegura la Organización Internacional del Trabajo. En consecuencia, vendrá un incremento en el nivel de subempleos. Al quedar desempleados nos veremos relegados al trabajo de mano de obra, resignados a jornadas excesivas y mal pagadas.

La problemática no radica en cómo mejorar los procesos de producción, o administración, o distribución del país, no se encuentra en cómo nos organizamos para trabajar en tiempos de coronavirus, sino en cómo solucionar esa falsa seguridad ofrecida por el Estado a la clase media; el Estado no tiene la capacidad para atender de forma masiva a sus habitantes. La falta de recursos se refleja en la carencia del servicio médico, problemas como este superan su capacidad. Entonces, al momento de presentarse las crisis, se tendrá que delimitar, tomar decisiones. Valorar vidas sobre otras y salvar pensando con un fin en particular: la capacidad de producción (ya establecimos que lo único seguro después será la crisis económica). En este caso no resulta difícil pensar en la fuerza mecánica de trabajo como algo reemplazable, en el trabajador promedio como un ente desechable y en los servicios públicos para quienes tengan a bien ayudar.

 

El ciclo de la jodedera

Faltaba sólo meter las entrevistas, había decidido que los trabajos no los iba a realizar. Fue un verdadero lío poder seguir el rastro a cada uno de los docentes, algunos querían que enviaras trabajos al correo, otros juraban haber compartido contigo una carpeta en drive para subir archivos, otros lo hicieron mediante el classroom. Entregué a las que les pude seguir la pista, el sistema era por demás enredoso.

Los profesores comenzaron a hacer énfasis en su 30% ¡chingao! Iba más avanzado que el resto de mis compañeros en cuanto a la redacción del trabajo, pero por no marcar cuál es el lead, mi párrafo inicial, o el desarrollo debo verme resignado a sacar una calificación jodida. Quizá hasta repetir el trabajo en ordinario por no presentar los trabajitos.

El semestre es lento, cansado, absurdo. Anoche hablé con un profesor que me recomendó hacer modificaciones. Decidí dejar lo que tenía. He descubierto la Facultad de Letras y Comunicación mata tu vocación sobre las cosas. Ya no quiero escribir, ni siquiera quiero terminar la carrera. Está jodido tener que pagar y ponerle buena jeta a las clases sin sentido, sólo para ganarte un maldito título que te asegurará un buen empleo que no te deje morir en una pandemia.

Pero no queda de otra, el error de la clase media baja mexa radica en que la mayoría no estudiaron, o quienes lo hicieron, terminaron por dejar la carrera tras las dificultades que representaba la falsa exigencia docente, los cambios de un día para otro, los trabajitos de hacer planas.

El problema con el reportaje es el mismo que el problema que se presenta en el Estado. Es absurdo que nos inviten a participar a su fiesta y poner cara buena a las cosas cuando sabemos que está jodido, que aquello es una falsedad. Cómo preocuparse por nimiedades cuando hay otras cosas por atender. Es entendible que tengan que justificar la calificación del semestre que pagamos y no recibimos. Pero no todos tenemos la oportunidad de pasarnos el día pegados a la computadora para estar pendientes de qué cambios, especificaciones o ejercicios, se le ocurren al docente que debo hacer.

La Universidad, el sector educativo, pertenecen a la Nación, que crea al Estado, cuando hablamos de Estado hablamos de una comunidad política particular definida por su situación geográfica. Sin embargo, hay que hacer una gran distinción entre su constitución política y su constitución social, la primera atiende como tal al Estado, la segunda atiende a la Nación, el Estado se define a través de la Nación, es su constitución social lo que habrá de definir su carácter político. Pero si profundizamos en la definición de Estado encontraremos que, Antonio Posada, lo define como Estatismo, de ahí su carácter inamovible.

Al ser una la proyección de la otra, no resulta extraño que a esta altura la universidad tampoco funcione, que replique los vicios del Estado; sirve sólo para un sector de la población, mientras que al otro no lo considera en la totalidad, pero tampoco se preocupa por eso, autoritario, nos hace romantizar el acceso a la educación, y creer que hay que hacer grandes esfuerzos para conseguir un título universitario.

Es un ciclo de nunca acabar en el que unos pueden aprovechar las oportunidades, aunque carezcan de capacidad, y otras personas que están capacitadas se ven sin oportunidades. Para poder modificar la política de nuestro país, tenemos que modificar la cultura del mismo, deshacer las estructuras que han perdido su vigencia y en este punto parecen más imposturas que otra cosa.

Ya lo dijo Luis Felipe Lomelí, los sistemas universitarios son creados por privilegiados para privilegiados, en el que lo más que se piensa de la gente como nosotros es el refrán aquel de “al que quiera azul celeste, que le cueste”. Así la vida.

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