El silencio no es salud

Por Gastón Eduardo Lippi*

Lo más terrible que habíamos profetizado se cumplió, postales acompañadas de un mórbido abandono y efímeras alegrías en las paredes. Recorremos, junto al médico psiquiatra Gastón Vacchiani, las instalaciones del Hospital Neuropsiquiátrico de barrio Juniors. Lo peor del olvido que atraviesa es el permanente silencio que perdura entre quienes conviven sus pasillos, casi un gesto de desesperanza frente a la terrible situación de un centro de salud público oculto bajo la sombra del Panal1 (Casa de Gobierno), apenas al cruzar el río sobre la calle León Morra y Bahía Blanca, a menos de doscientos metros de la ventana del gobernador. 

“No puedo hacer más, discúlpeme”, reitera el Dr. Vacchiani a una de las pacientes que entró en llanto a la guardia. Luego de despedirla, mira hacia la oficina de ingreso y se detiene frente un cartel que han pegado en el vidrio y donde se anuncia que el personal está de huelga. La atención médica se redujo en últimos dos forma drástica, en los años es el único caballito de batalla del hospital, como medida de fuerza, frente la escasa respuesta de la Dirección de Salud Mental de la Provincia. “La falta de personal se torna muy crítica en todas las áreas, tanto de profesionales como administrativos o maestranzas”, señala el médico y pide que lo acompañemos a conocer el lugar. 

Fotos: Gastón Lippi

Mientras atravesamos un pasillo cubierto de humedades que separa el ala nueva de aquella fundada en 1890, Vacchiani nos comenta que, en los últimos cuatro años, el presupuesto provincial de salud se ha reducido casi un veinte por ciento, sumado a que se eliminaron más de setecientos cargos. El deterioro social ha generado un aumento exponencial del ingreso a hospitales públicos. La pérdida de obras sociales, las situaciones de desempleo y la angustia generada por el actual contexto de crisis reavivan los fantasmas del 20012. El martillazo del conflicto social exige mejores condiciones, la migración creciente hacia la salud pública indica que, al menos, deben cumplirse prestaciones mínimas. Sin embargo, de la teoría a la práctica estatal, hay un Suquía 3 de distancia y, si el tema no incomoda, el problema desaparece. 

A finales de enero, el Neuro4 se estremeció por el suicidio de un paciente. Los medios locales apenas comentaron el hecho y la magnitud de la situación pasó desapercibida por el común de la gente. Tras la alfombra de la indiferencia, los trabajadores del hospital afirmaron que aquella noche sólo hubo una médica de guardia y que, además, trabajaba bajo la condición del monotributo. La puja interna del Neuro, por el pase a contrato o planta permanente, ha logrado, en los últimos tres períodos, la regularización de distintos empleados. Vacchiani comenta que todavía continúan enfermeras bajo esa condición. “Son compañeras que tienen un salario de 16 mil pesos y hacen más de treinta y cinco horas semanales, no tienen vacaciones ni carpetas médicas ni aguinaldo, ningún derecho laboral”, luego, saluda a una de las encargadas de maestranza que limpia el cántaro de agua que nace del techo. 

No hay nadie en sala de espera de los consultorios internos. Una hilera de bancos de madera ocupa el centro del espacio bajo el ruido de un tablero eléctrico. Por los pasillos aledaños, ingresa una ventisca helada que golpea las paredes viscosas y manchadas, arrugadas por las manos de pintura que intentan desprenderse del revoque a cuestas. Hay un pequeño interludio rodeado de habitaciones improvisadas como consultorios. “Son bastante malos”, insiste el psiquiatra parado al lado de la escalera que lleva a hacia un recóndito sótano. Antes de salir al patio que introduce al internado, Vacchiani comenta que hoy los turnos que se dan son un “cuello de botella”. Los pacientes, al salir de la consulta, buscan coordinar un día para ser atendidos al mes próximo, pero no hay disponibilidad. Esto se suma a que regresan para solicitar la medicación y, ante la escasez de turnos o recursos farmacológicos, el tratamiento se interrumpe. El inconveniente es que, a diferencia de patologías clínicas menores, los tratamientos psiquiátricos requieren de una continuidad que viene siendo deficiente. “La falta de personal se nota ahí”, lamenta. 

Ingresamos al primer sector que frecuentan los pacientes con padecimientos mentales internados. La galería abierta sostiene un primer piso con numerosas y pequeñas columnas romanas, allí están las aulas donde se dictan los diferentes talleres de rehabilitación. Esta parte se esconde detrás de una cochera para vehículos oficiales, rodeada de rejas, candados, más humedades y una obra en construcción a medio terminar. En el seno de la obra, los pacientes han intervenido un árbol con pequeñas piezas artesanales que cuelgan de las ramas descubiertas. A la par, han pintado fragmentos de un libro de Galeano: “Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿No habría que darlo vuelta para que pueda pararse sobre sus pies?”. 

Vacchiani cuenta que este espacio es una parte trascendental del hospital. Quizás, la más importante. Es conocida como La Rampa. El lugar ha sido apropiado por los pacientes y organizaciones sociales que germinan instancias de acompañamiento terapéutico mutuo. Es un rincón donde nacen las intervenciones artísticas que perduran en el rostro del Neuro. 

Abracadabra es la principal organización que se encarga de coordinar, durante la semana, este espacio de acercamiento cultural. “En los últimos tiempos, se ha podido dar continuidad a estos talleres por el acto voluntario de quienes los arman. No hay ningún tipo de presupuesto. El hospital, por ahí, apoya con un psicólogo o enfermero, pero si no fuera por la autogestión de los estudiantes, voluntarios y los propios pacientes que se organizan, no podría funcionar”, insiste el médico y señala hacia la extensa rampa repleta de murales que bautizan el lugar. 

“Padre, perdona a los psiquiatras, no saben lo que hacen” 

La frase encabeza a un inmenso Jesucristo con jeringas en sus manos, pintado en el seno del patio. Impacta. La intensidad de la pintura conmueve a cualquier persona. Nos inquieta de inmediato y reafirma una profunda empatía que estábamos latiendo. La obra fue realizada durante la estadía de un paciente que hoy se encuentra en el Hospital José Borda de Buenos Aires. Entre las huellas de las grandes humedades, intentan perdurar otros murales. Uno de ellos festeja el aniversario de Radio Los Inestables. El proyecto inició hace seis años por la iniciativa de un equipo voluntario e interdisciplinario de psicólogos, comunicadores y acompañantes terapéuticos. 

Al cruzar el patio, dos pacientes conversan sentados bajo un quincho al aire libre que tiene un asador en desuso. En sus pies, hay una botella de soda con un paquete de galletas abierto, parece ser algún regalo porque lo miran con recelo. A pesar del frío, tienen sus brazos desnudos y esconden las manos en los bolsillos de los pantalones para hacerlo llevadero. Detrás, se extiende una cancha de fútbol cubierta de tierra y algunas champas de pasto que no soportaron los inviernos. Como ellos. Desde el centro de la cancha, puede verse la cara externa de la cocina y los otros bloques. Las paredes están devastadas por la escasa manutención y los estragos de la lluvia. Apenas logran identificarse los intentos de los pacientes por transformarlas con sus pinturas. Es inevitable cómo el deterioro muestra los esqueletos de ladrillos. 

Todo parece descascararse, ennegrecerse y caer, pese a los esfuerzos. Una vieja bicicleta fija funciona como ténder para una toalla. Hay otras dos escondidas a lo ancho del predio. Los escombros se desprenden del techo y el yuyo que no escatima enredarse en los pedales. 

Vacchiani comenta que eran utilizadas para fisioterapia, pero hoy el área está por desaparecer, es un anexo donde sólo queda una persona a cargo y que se está por jubilar. 

La situación es frecuente, los espacios se vacían por el retiro de alguien y no son cubiertos, por ende, se extinguen. “El hospital siempre está tensionado con la cuestión del personal, hay como un ajuste a cuenta gotas”, asegura. 

Cae la noche y una amplia galería nos recibe en el internado. El frío se pone escandaloso, pero los pacientes están resignados. Uno de ellos se acerca rodeado de gatos que comen los restos del mediodía esparcidos en el suelo. Nos cuenta que el hospital está lleno de estos animales, todos tienen nombres diferentes que cambian a lo largo de la semana. Está contento porque en una hora es la cena, insiste en que las chicas cocinan abundante y varias veces al día. Se sonroja cuando lo cuenta y frota sus brazos para calentarse. Nos pide que cenemos con él, pero Vacchiani se detiene adelante nuestro para que continuemos. Antes de irnos, nos pregunta si tenemos cigarrillos o si nos sobra una moneda. Lamentablemente, ninguno fuma. 

En medio del pabellón de hombres, un paciente en silla de ruedas conversa con su médico tras salir de una sala iluminada por un televisor japonés. Sin sutileza, remarca “Doctor” al hablarle. Luego nos acompaña hasta perderse bajo la ventana de su habitación. Las piezas están cubiertas por los mosaicos blancos de todo el hospital. Son frías y varias de ellas tienen sus postigones rotos. Las puertas están hinchadas por la humedad y resquebrajadas a la mitad, no tienen perillas y son sujetadas por trozos de papel que hacen de cerradura. 

Según lo establecido en las leyes de salud mental, los hospitales públicos deben contar con un sector de internación psiquiátrica. El inconveniente es que ni siquiera tienen un equipo interdisciplinario de profesionales y, en sí, estos centros de salud ya no dan abasto por la sobrepoblación clínica. El cierre de camas no acompaña la propuesta de desmanicomialización6 de las normas vigentes. Aquellos pacientes que pueden, terminan gastando fortunas en clínicas privadas o, directamente, sin atención médica. “Nosotros vemos un vaciamiento de la salud pública, todo se terceriza, la limpieza y la cocina del hospital eran públicas hasta que se las otorgaron a empresas. Cuando hay un vaciamiento de algún lado, hay un beneficio en otro”, remarca el doctor y se detiene a observarnos.

 

El silencio como política de Estado 

Al entrar al pabellón de mujeres, esquivamos un charco que sale bajo la puerta del baño y también a una policía que espera enfrente. 

El Neuro es una muestra cabal de la extrema patologización social que deriva en cientos de judicializados. En un diminuto hall que lleva al sector de pre-alta, un grupo de pacientes internadas conversan en sillas de plástico. Junto a ellas, dos policías las custodian y se intercambian un mate cocido. Nos piden que evitemos usar la cámara para no exponer a nadie y las chicas posan graciosamente frente a la lente tapada. Un alargador deshilachado se desliza a través del módulo hasta la habitación donde se enchufa y una pava eléctrica flota en el vértice de una mesa escondida de las goteras. 

“En estas lluvias grandes, hubieron inundaciones. La parte nueva, donde está la guardia, tiene dos años, teóricamente, está mejor, pero igual se llovía como loco. El internado tiene muy malas condiciones, nosotros hicimos presentaciones a R.U.GE.PRE.SA, pero nunca tuvieron respuestas, esa es la entidad que controla y habilita las instituciones sanitarias en Córdoba”, afirma el psiquiatra. 

El Registro de Unidades de Gestión de Prestaciones de Salud (R.U.GE.PRE.SA) se creó por el poder ejecutivo en el 2008. Según los objetivos generales del gobierno, la entidad se encarga de monitorear y evaluar la calidad de prestación de los servicios de salud en la Provincia de Córdoba. Sin embargo, el organismo no demuestra señales de interés por la situación que atraviesa el Neuropsiquiátrico de Juniors, aun teniendo como antecedente las extremas condiciones del Hospital de Bell Ville que terminaron con una denuncia penal de la Legisladora Liliana Montero al ex Ministro de Salud, Oscar González, el actual Director de la Secretaría de Salud Mental, Néstor Filipponi, y el Gobernador electo, Juan Schiaretti. “El tema es que la entidad depende del Ministerio de Salud, o sea, son juez y parte, por eso, no vienen a examinar acá, porque son ellos mismos”, Vacchiani comenta antes de entrar a la cocina improvisada donde el personal descansa. Lo escuchamos conversar con una de las pacientes sobre la medicación que tiene, saluda a una de las encargadas de limpieza y nos avisa que ya regresa para terminar el recorrido. 

El silencio del Neuro viene desde el Panal, se extiende durante la noche y culmina en los gestos de los pacientes que aprenden a soportar en vez de rehabilitarse. La inauguración de la guardia externa, en el 2017, quiso apaciguar los conflictos, pero fue insuficiente. El intento de cura fue peor que la enfermedad y la sobrepoblación, junto a la falta de soluciones, germinó una institución que navega a la deriva de protestas y una administración que no da abasto. 

El médico sale y, de camino hacia la guardia, nos presenta a uno de los pacientes que vuelve de la cena. “Hemos hecho denuncias al Ministerio de Trabajo para hacer inspecciones de las condiciones de higiene y seguridad, tampoco hubieron respuestas. Hace un tiempo, se cayó mampostería sobre la pierna de un paciente y tuvo una lesión importante”, comenta. La Secretaría de Salud Mental también se ha mostrado cerrada al diálogo, el director Filipponi pidió hablar con los trabajadores apenas una vez frente la falta de medicamentos, de allí en adelante no respondió ninguna de las notas enviadas. El trato con la dirección del hospital es diferente, hay reuniones frecuentes para solucionar las cuestiones inmediatas, aunque quedan pendientes otras de urgencia. El personal del hospital reconoce las profundas limitaciones que acarrea la administración ante el silencio de los órganos ministeriales que son responsables de la salud provincial. 

Otra vez, frente a su consultorio, Vacchiani agradece nuestra visita y acomoda el cartel pegado en el vidrio de ingreso. Sin quitarle la vista, nos comenta que seguirán con las medidas de fuerza, levantarán la asistencia salvo en casos de emergencia. Al menos, hasta obtener alguna solución que incluya a la comunidad del Neuropsiquiátrico sin pasarles por encima. “Yo considero que no deberían haber más internaciones monovalentes, ese es el proyecto a largo plazo de la ley. Pero no se puede obviar la situación actual del internado, desde el personal hasta lo edilicio, hay mucho para mejorar primero ahí”, concluye. 

La ley 8 está a meses de cumplir una década. En su raíz, plantea un proceso de cierre de los manicomios. El objetivo es establecer una red de contención de salud mental entre los barrios, hospitales generales y centros asistenciales externos, aunque el presente muestra un gesto de apaciguada tristeza en quienes llevan a flote al centro de salud mental más concurrido de Córdoba. Las redes no lograron articularse y el desfinanciamiento constante sepulta a diario las expectativas de una ley que fue engendrada en el seno de la lucha de las personas con padecimientos mentales. 

Hoy la comunidad del Neuro convive con las consecuencias de una ventana del Panal que parece estar cerrada hacia su este, donde el silencio quiere ser una política de salud pública y los pasillos del hospital neuropsiquiátrico temen a que la noche sea demasiado larga. 

*Primer lugar. Estudiante de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, que realiza actualmente movilidad académica a distancia en la FALCOM. 

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