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CERESO, el encierro que sabe a paraíso o a infierno | Andante – Suplemento Periodístico de la FLC UCOL

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CERESO, el encierro que sabe a paraíso o a infierno

junio 9th, 2016 | by Andante
CERESO, el encierro que sabe a paraíso o a infierno
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Es jueves, 1:30 de la tarde. Un día común al interior del Centro de Reinserción Social (Cereso) de la ciudad de Colima. La entrada está casi vacía, tal vez porque las visitas son más comunes los fines de semana. En el semblante de los custodios se ha instalado la seriedad. Sus armas largas parecen ser una extensión de sus manos.

Para ingresar, las reglas son estrictas: pasando el detector de metales no podemos llevar teléfonos, ni llaves; se revisan todos los alimentos y se debe portar una identificación. Las mujeres no deben vestir ropa con aberturas o ajustada, transparente o con escote. Mientras menos piel se vea, mejor. Minuciosamente se registra a cada persona. Se registra el nombre completo, la hora, el asunto, dirección y firma.

La pintura se cae a pedazos en algunas de las verdes paredes, el moho cubre otras. Al fondo están los cubículos de revisión. Hay uno para los abogados, otro para hombres y tres para mujeres. La revisión dentro del cubículo depende de la apariencia y el asunto a tratar. Su vigilancia está a cargo de guardias que te bombardean con preguntas: ¿traes chips?, ¿celulares?, ¿nada? A veces deciden explorar sobre la ropa, sólo para asegurarse.

La licenciada (omitimos a propósito su nombre y apellidos) es nuestra guía en la expedición. Al ir cruzando los pasillos de la cárcel, resalta que conservan la misma decoración: pintura enmohecida, cayéndose a pedazos, tonos grisáceos y apagados, que combinan con la desolación de un lugar que da la impresión de estar olvidado por casi todo el mundo.

El pasillo de arriba descansa sobre los locutorios. El sendero entre ellos es oscuro y tiene un notable hedor a herrumbre. Por arriba se puede ver gran parte de la prisión. A lo lejos, un poco de la pequeña ciudad que desde aquí parece estar apartada de todo. Se distinguen algunas celdas, el área de convivencia conyugal y la clínica donde labora un equipo interdisciplinario de profesionales.

Parece un lugar donde todos pueden convivir y trabajar en su reinserción, pero aún la pequeña libertad que se tiene aquí adentro está dosificada para algunos internos. Nos referimos a los declarados enfermos mentales.

Para llegar a las entrañas de la cárcel se debe atravesar los separos: rejas que contienen humanos, con apenas unas cuantas mesas y sillas que lucen obsoletas. El piso es tierra seca, el techo es lámina cruda y caliente, a veces sólo hojas de árboles secos. Caminando entre las dos jaulas, la realidad se vuelve más sombría: los presos ya no se ven de lejos como arriba. Ahora están de frente, a centímetros. Sus cuerpos se ven descuidados, sucios, sus pieles oscuras del sol, algunos con tatuajes. Es casi seguro que la ropa que traen puesta, yace inerte sobre ellos por muchos días. No se puede calcular la exactitud. Algunos de ellos ni siquiera tienen el lujo de calzar zapatos. Es entonces cuando salta la razón para prohibir la entrada a mujeres con “mucha” piel al descubierto. Se vuelve obvio: al atravesar el pasillo, el miedo se apodera de muchas de ellas. El nerviosismo se desprende a modo de sudor y obliga a bajar la mirada. Los hombres que están detrás de los barrotes se acercan a la reja de alambre, se concentran en quién visita, anuncian entre ellos la llegada de un ser femenino para contemplarla entre todos; las exploran con la mirada, sueltan frases lascivas, se vuelven depredadores. Los que están del otro lado de la reja, “libres”, omiten los comentarios pero mantienen las miradas. Saben que hay custodios que también los observan.

La fruta no, las verduras si

Nos dirigimos a la clínica del Cereso para encontrar en la planta alta a nuestra fuente oficial que nos presenta como el “Licenciado Misael”, subdirector técnico. Amablemente responde a nuestras preguntas. Está sentado tras un escritorio gris, frente a una ventana por donde se puede ver el edificio de ingreso. La clínica, donde está su oficina es parte de un edificio de dos pisos ubicado casi al final del pasillo de los separos que conduce a otras instalaciones. Desde allí se ven a algunos internos que están muy atentos a los visitantes. Las paredes del interior son blancas, altas y con mucha luz.

Algunos de los internos se encuentran trabajando en remodelar la clínica, colocando lo que parece ser un nuevo vitropiso, nuevas puertas, más pintura blanca y fresca.

Se nos explica que hay una especie de “trabajo de construcción” y que es parte de lo que se enseña a los internos para contribuir a su reinserción social. Hay también actividades deportivas como fútbol y otros oficios como la producción de sillas, cinturones, huaraches, mesas, bolsas o portarretratos, artículos que muchas veces se venden con orgullo en gran parte de Colima, como en las ferias. El cultivo de vegetales también es una opción para trabajar. Las frutas no, porque los internos las entierran, cosechan, calculan el tiempo de fermentación y las ingieren como tepache. Esas bebidas son conocidas en el interior del penal como turbosina. La plantación de rosas también es típica y el 10 de mayo, uno de los principales motivos de venta.

La comida en el reclusorio “no les gusta mucho”, nos confiesa el subdirector Técnico Misael. Explica que lleva muchas verduras. Por eso, la mayoría de los internos prefiere consumir en los “restaurantes” que regentan compañeros o comprar productos que venden en las tiendas para poder preparar platos a su gusto.

También se facilita a los internos la oportunidad de cursar una licenciatura o conocer cómo emprender un negocio, obviamente cuidando los materiales que se utilicen: no cualquier cosa puede entrar, todo se dice que está regulado. Entre esos “objetos prohibidos” están las tapas metálicas de yogurt o “los desodorantes de bolita”. La razón es porque “los utilizan para drogarse”.

Pues lo utilizan para la misma función. Dicen por allí que la procrastinación es la raíz de los vicios, pero para ellos es el ingenio.

Gran parte de los internos ingresan por robo calificado o delitos contra la salud. Con el Nuevo Sistema de Justicia Penal, varios delitos (los principales) ya no tienen -necesariamente- pena privativa de libertad, por lo que pueden pagar una fianza. Para contribuir a su tratamiento, instituciones y organizaciones diversas acuden para convivir con ellos y se encuentran con que varios les aseguran que sus condiciones de vida en el Cereso son, muchas veces, mejor de lo que eran antes de ingresar al penal. Es por eso que muchos reinciden para volver a tener techo, comida, atención medica e higiene. Otros, simplemente para estar de nuevo con sus parejas, pues algunos abrazan la homosexualidad. Para algunos, aun con la escasez y malas condiciones de las instalaciones, es una “verdadera vida” con sus necesidades básicas cubiertas. La vida de los internos con alteraciones orgánico-cerebrales, es cosa distinta.

El reflejo de la confusión

Los internos enfermos mentales se encuentran aislados de los demás, al estar concentrados en una “clínica especial” llamada CASAM (Centro de Atención a la Salud Mental). Una fuente interna, anónima, nos relata estampas a través de sus ojos: la entrada se protege con una caseta de vigilancia de un edificio de dos pisos y áreas verdes. El césped huele a tierra mojada, hierba y excremento humano, gracias a que los internos se dedican -a veces- a brincar y defecar. La soledad se apodera de las áreas de visita, donde rara vez alguien ajeno al centro decide ingresar. Sus celdas son espacios íntimos donde los internos pasan la mayoría del tiempo, hasta 10 días ininterrumpidos cuando son castigados. Es un lugar de contrastes: en algunas, el olor es rancio, la suciedad se escurre por las paredes e intrusos, como las chinches duermen, también sobre las camas. En otras, la limpieza es tanta que resulta patológica. La celda es el reflejo del que vive en ella. Los sonidos de las celdas son siempre los mismos: paranoias, gritos, alguien les persigue a pesar de estar solos, escuchan voces o sienten que sus compañeros están ahí sólo para asesinarles. Las riñas y agresiones son constantes, pues atacan a los oficiales, se pelean entre ellos, se lanzan comida o hasta excrementos.

“Algunos son agradables -dice nuestra fuente que ha trabajado allí- otros inspiran temor”. Unos lucen como cualquier otro preso: ropa desgastada, miradas pesadas y piel cansada. Hay otros, pocos, que lucen limpios y conservan buen aspecto. A ellos se les conceden permiso para ser los peluqueros de sus otros compañeros, además de ser recompensados con poder ejercer otros oficios. El resto conserva presente el fantasma de la demencia gracias a su ropa sucia o el cabello arrastrado por la locura, ojos que vagan hasta la nada debido a los sedantes que toman a diario.

Son los rostros del rezago, de los que existen sin voz, y no necesariamente porque así se decida en la misma institución, sino por el olvido de sus familiares y la falta de recursos para estar bien atendidos en su enfermedad. Esos internos, a veces, son tabú en sus familias, quienes los entierran en el olvido o prefieren que el Gobierno se haga cargo de ellos. A los familiares, el encierro les sabe a paraíso, pero a los presos a infierno.

La vida dentro de un penal no es fácil, muchos no han sobrevivido a la experiencia del encierro y se han quitado la vida dentro de la soledad de sus propias celdas. Hay certezas pero no datos hechos públicos. Algunos más han asesinado, violado a sus compañeros ante el silencio, el miedo o la indiferencia. Son casos invisibles que nadie quiere tocar y de los que pocos hablan. Es un área silenciosa, el rostro más feo del Cereso.

Pedro y Beto

Tiene 35 años, pero aparenta muchos más mayor. Es alto, alcanza casi los dos metros. Su cuerpo es delgado y no es tan fuerte. Casi siempre se encuentra bajo los efectos de enervantes y pastillas psicotrópicas que se le administran para tratar de mantenerlo tranquilo. Sus ojos son pequeños, pero su mirada es densa. Mira casi sin parpadear y es capaz de poner nervioso a más de uno debido a la furia que proyecta. Su ropa está sucia y arrugada. Su olor anuncia que lleva días sin asearse. Nunca está peinado y no es su culpa: hace mucho que no se ve en un espejo. Es callado, no le interesa hacer amigos y siempre está solo porque casi nadie le visita. Inspira temor incluso a sus familiares, debido a que no es él quien decide. Sus respuestas están condicionadas según las pastillas que tome. En ocasiones ha intentado agredir a persona. No hay advertencia alguna, solo violencia. A veces lo ha conseguido y aunque no han sido daños graves, deja huella.

Te mira, corre, te abraza. Pero no es un abrazo con cariño: aprieta las costillas y no desea soltarte, te hace sentir miedo. Te preguntas si podrás salir de allí o si será esta la última vez que habrás visto las grandes puertas de entrada.

“Pedro” a menudo se siente agredido. Sus paranoias le obligan a defenderse de amenazas que no existen. No “lucha” contra personas que están allí, sino contra los monstruos humanos que viven en su mente. Él es Pedro y aunque no se llama así, todo lo demás es cierto.

Dentro del CASAM, hogar de contrastes, también viven otro tipo de internos como “Beto”. Tiene sobrepeso y mide menos que “Pedro”. Es alegre, platica, hace amigos. Le gusta bañarse, peinarse y oler a jabón. Sus ojos reflejan felicidad, a pesar de que su delito fue homicidio. Los motivos se ignoran. Y aunque la incertidumbre de su comportamiento puede ser dudosa, es más fácil hablar con él que con “Pedro”. No es nuevo, lleva años dentro y ya ni siquiera recuerda por qué está allí. El dolor de su crimen le obligó a olvidar lo que pasó, bloqueando la experiencia. Su familia vive allí, porque para él son los internos y oficiales con quienes ha logrado entablar amistad. No se mete en líos, es servicial. Pese a las circunstancias y pasado, parecer ser que ha podido reformarse, pero no le interesa salir. Todo su mundo está adentro. Le ha costado construirlo y lo disfruta tal cual es. Él, como “Pedro”, tampoco se llama “Beto”, pero existe.

Salir para regresar

Es aún de día. La mayoría de internos hacen fila para dirigirse a la clínica por sus medicamentos. Un enfermero se les proporciona las pastillas. Ellos se las toman con ayuda de agua que está en un vaso sobre el garrafón. Después juegan, conviven o saltan sobre el césped. No todos gozan de ese lujo, porque los más peligrosos se encuentran recluidos en la oscuridad de su celda y los oficiales les llevan sus medicinas para asegurarse que las tomen.

El lugar parece desierto, aunque no todo es olvido porque de vez en cuando les visitan sacerdotes, grupos religiosos; les llevan comida. Algunos participan, otros se conforman con mirar de lejos.

Quienes estén en mejores condiciones, también pueden sembrar y cosechar verduras como nopales, verdolagas, rábanos y flores. Otros contribuyen a la fabricación de artesanías y algunos más se dedican a apoyar al personal alimentando, bañando, cambiando y peinando a sus compañeros menos afortunados.

Hay campañas de limpieza para pintar celdas o fumigarlas. Todos reciben comida y se les permite material para su limpieza personal. Quienes tienen permitido salir, asisten a festejos en el casino del Cereso. Cuando regresan, platican lo que hicieron, el rostro se les ilumina y se divierten al hablar con alguien que les preste un poco de atención. Hay otros que ni siquiera recuerdan que salieron.

La mayoría se queda más tiempo de lo necesario porque su estado mental aún no es el apropiado para su reinserción en la sociedad, menos si no cuentan con el apoyo familiar. Entendible es, entonces, que sus condiciones de vida siguen siendo mejores dentro del penal.

El sol ocupa su cúspide. Son casi las 4 de la tarde. Los internos del Cereso, al otro lado del CASAM, continúan trabajando, platicando entre ellos, atendiendo asuntos con las trabajadoras sociales o psicólogos. La vida en el penal transcurre monótona.

De nuevo hay hileras de ojos que a quienes entran y salen. De nuevo las voces no se hacen esperar, alguno que otro comentario lascivo, sexual, destila por entre las rejas de alambre. Las trabajadoras, caminan con la mirada alta. No sonríen, la seriedad ocupa sus rostros, exigiendo respeto.

Poco a poco se dejan atrás las rejas, los pies descalzos, los halagos impertinentes, las miradas indiscretas, el olor a abandono y el ansia de libertad.

El Cereso de Colima es un lugar de contrastes, donde algunos vuelven una y otra vez y otros pierden la vida intentando salir. Un lugar que, por muchos, es tachado de infierno y, por otros, algo parecido al cielo.

 

Por Damaris Cortés Aquino, Alexandra Bertho, Alondra Rosaura, Irma Alejandra y Ángela Yazmín, alumnas del 2º Semestre de la Licenciatura en Comunicación de la FALCOM

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