Crisis humanitaria: “Cuándo no había comida, me ponía sal en la boca”

La demografía de las ciudades del interior de Brasil comienza a reconfigurarse con la llegada de refugiados venezolanos

Lauriane Agnolin*

Una caminata que se extiende hasta que los pies puedan soportar el peso de su propio cuerpo. Con suerte, mientras una mano sostiene las pocas prendas de vestir que van adentro de algunas bolsas, la otra conduce a uno o dos niños que portan un juguete para recordarles de la patria dejada atrás mientras sus piernas avanzan por los caminos de asfalto y tierra hasta cruzar la frontera que delimita los territorios de Santa Elena de Uairén, en Venezuela, y Pacaraima, en Roraima. 

Esta ruta de violaciones físicas, cansancio extremo e inseguridad ya ha sido recorrida por más de 190,000 venezolanos que, en dos años, buscaron refugio en suelo brasileño en un intento por respirar entre los escombros que dejó la ruina social y la sangría económica del gobierno de Maduro. Con las fronteras al borde del colapso, donde familias enteras descansan en los 13 albergues instalados por el Gobierno Federal bajo el sol que golpea con fuerza el norte del país, los grandes centros urbanos, como São Paulo y Río de Janeiro, siguen siendo los principales destinos para inmigrantes y refugiados, pero es en las pequeñas ciudades brasileñas que la demografía local ya comienza a reflejar los continentes en diáspora permanente. “Ordenar la frontera no es tan difícil, pero mantenerla es muy cara”, comentó el jefe de Interiorización de la Fuerza de Tarea de Logística Humanitaria Brasileña, Coronel Augusto Souza Coelho.

Él, junto con sus colegas militares, agiliza los trámites de ingreso y el traslado de venezolanos a otros 23 municipios federales a través de la Operação Acolhida, establecida en febrero de 2018 por el entonces presidente Michel Temer como un grupo de trabajo humanitario, coordinado por el Ejército de Brasil para apoyar a inmigrantes en desplazamiento forzado. “Tenemos una base de datos de trabajos con registro, búsqueda de trabajo y logística. Cuando ingresan a Brasil, reciben toda la documentación y, cuando los empresarios nos llaman diciendo que hay una vacante, hacemos el movimiento territorial del inmigrante para que se establezca”, explicó el militar.

La nueva ruta que toman los refugiados venezolanos para llegar a las ciudades brasileñas del interior. Fuente: Google Maps

Aunque el perfil de los inmigrantes y refugiados sea “diverso”, como sostuvo Souza Coelho, el último informe sobre Monitoreo del Flujo Migratorio Venezolano, elaborado por la Agencia de las Naciones Unidas para las Migraciones, señaló que el 71% de las personas que cruzaron la frontera entre los dos los países, de enero a marzo de 2018, tenían entre 25 y 45 años;  48% eran hombres y el 41% de los desplazados internos venezolanos eran mujeres. En la titulación escolar, el 51% de los inmigrantes entrevistados por los voluntarios tenía estudios secundarios y el 26% estudios superiores completos. «El 67% de los migrantes abandonó su país por motivos económicos y laborales, y el 22% por falta de acceso a alimentos y servicios médicos», se lee en el documento. “Alrededor del 10% de la población venezolana ha abandonado el país. El 30% de los acogidos en Brasil son niños«, afirmó el coronel del Ejército Brasileño.

“Incluso en un escenario de guerra no se puede encontrar nada tan desolador”, dijo el militar, refiriéndose a las viviendas instaladas por el Ministerio de Defensa y por las aproximadamente 95 agencias internacionales de protección y derechos humanos y entidades religiosas que sirven como hogares temporales para familias, en las ciudades de Boa Vista, Pacaraima y Manaus.

La interiorización, por lo tanto, sirve como medida de alivio a los estados del Norte para integrar a las personas que buscan, en territorio brasileño, un lugar seguro para vivir. “Una de las cosas que aprendí de los organismos internacionales es que mientras el inmigrante tiene hambre, camina”, señaló. “De los 250 que solicitaron refugio o residencia temporal, 220 no quieren refugio porque viajan a países como Argentina y Uruguay. Es más fácil para ellos por el idioma”, consideró Souza Coelho.

Fronteras cerradas

En el año que el mundo se retrae sumergido en la crisis sanitaria del Covid-19, el flujo migratorio que traía venezolanos al interior de Brasil también se detuvo, según lo reporte anual de seguimiento y control del Comité Nacional de Refugiados (CONARE). En los 11 meses de 2020, fueron remetidas 14,265 solicitudes de asilo al gobierno brasileño. Esto representa una caída del 76,3% de las 60,343 solicitudes registradas en el mismo período en 2019.

Cuando se cierran las fronteras, como hizo el gobierno brasileño en marzo, las necesidades se filtran por las aceras y arrojan a los refugiados a la clandestinidad del trabajo informal que vive gran parte de la comunidad extranjera de venezolanos, senegaleses, bengalíes y haitianos en Brasil. “Ellos se mueven mucho”, reflexionó la profesora de Derecho Internacional de la Facultad de Derecho de la Universidad de Passo Fundo (UPF), Patrícia Grazziotin Noschang. Según la última resolución del CONARE, vinculado al Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, los venezolanos, así como los ciudadanos de Cuba, pasaron a formar parte del grupo de personas consideradas refugiados cuando buscan seguridad alimentaria y de residencia en el país. Derechos que no les son ofrecidos por sus países nativos. “Los refugiados están sujetos a la migración forzada y no pueden ser detenidos en la frontera y devueltos a las naciones sin que tengan condiciones seguras. El inmigrante, en cambio, llega a través de la migración voluntaria, generalmente en busca de mejores condiciones de vida o ayuda económica para la familia”, explicó la docente.

Las múltiples caras del refugio que se presentan a los miembros de la Seguridad Nacional y entidades de la sociedad civil, en esta nueva ola migratoria en América Latina, también tienen una dirección, aunque transitoria. El dictamen de la OIM también mostró que el 75% de los venezolanos que ingresaron a Brasil por el estado de Roraima tenían como lugar de nacimiento las provincias de Bolívar, Monagas y Anzoátegui, así como la familia Villarroel Martes.

Fuente: Organización Internacional para las Migraciones (OIM)

Límites disueltos

El cuadro vivo que expone Coelho también se esboza en los informes de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), vinculada a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). De los casi 5,000 venezolanos interiorizados en Brasil, el 18,5% tenía como destino el estado de Rio Grande do Sul -provincia que limita en la triple frontera con Argentina, Paraguay y Uruguay- y se materializa en el último piso de la casa con paredes rosadas construido en un barrio periférico de la ciudad de Passo Fundo, en el extremo sur del país, dónde el salón del asistente de servicios generales, Alfredo Castillo, se convirtió en um pasillo de colchones para amortiguar los saltos del pequeño Fernando Villarroel Martes, de seis años. 

En el sofá, trasladado al rincón frente a las improvisadas camas, la pareja Francellys Villarroel, de 27 años, y Jesús Martes, de 28, esquivan las innumerables bolsas que se amontonan arriba de los muebles. De a poco, las donaciones de ropa y enseres domésticos se han ido acomodando desde que ellos salieron del estado de Anzoátegui, a 515 kilómetros de la capital Caracas, y viajaron con sus tres hijos, Antoniellys, de 10; Roxibeth, de 9 años, y el más jovencito de ojos suspicaces que sigue jugando en la sala de estar, el mismo camino que 4 millones de venezolanos obligados a salir del país por las condiciones económicas y el aislamiento diplomático impuesto por la dictadura de Nicolás Maduro

La família Villarroel Martes vive en la ciudad de Passo Fundo en Brasil. Foto: Lauriane Agnolin

Desde hace un año, la familia se encuentra en proceso de adaptación y reconocimiento de la ciudad, formada por 209 mil habitantes, cuando fueron recibidos por Castillo, que llegó al municipio hace  9 meses y ahora abrió sus puertas para a familia de su sobrina. “Es difícil separarse. Mis padres se quedaron en Venezuela, pero están felices porque saben que hemos llegado a un lugar mejor”, señaló Francellys.

Junto a su esposo, Jesús, ella narra las adversidades e inestabilidades con las que vivieron hasta la decisión de salir del país con pocas prendas, documentos personales y hijos pequeños, cuyo peso está por debajo del índice normal para niños de esas edades. “Con el salario mínimo pudimos comprar solo mandioca y sardinas, no siempre pudiendo comer más de dos veces al día”, recuerda. Los niños, según comenta, no asistían a la escuela algunos días porque no había maestros o no se les alimentaba para completar la jornada escolar. “Cuando no había comida, o bebíamos agua o me ponía sal en la boca”, agrega Jesús, quien, trabajando en la industria minera, recibía US$ 2 por el trabajo. Con una inflación anual que en 2020 superó el 4.000%, según el parlamento venezolano, el poder adquisitivo de las familias se volvió incipiente.

La Venezuela que quedó para la familia Villaroel Martes, ahora, está representada por la bandera tricolor del país, colgada en la pared. «Aquí es un lugar mejor, la gente es cariñosa», dice Francellys, con una sonrisa.

*Tercer lugar. Estudiante de la Universidad de Passo Fundo, Brasil, cumpliendo intercambio académico a distancia en la FALCOM. 

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