Don Hilario Munguía: Hombre de campo

Por Roberto Luna

Sabía que a pesar de las condiciones en las que hemos estado viviendo en los últimos años no podía realizar una entrevista a alguien, por más familiar mío que fuese, a través de una llamada telefónica, sin ese contacto, aunque sea visual, sin ese entorno, sin situar a mi entrevistado en su mismo contexto y hacerle refrescar la memoria en cada palabra que fuera narrando. 

Y es que hay varios puntos importantes que necesito aclarar antes de que se desarrolle la entrevista. Mi abuelo es una persona ya mayor, nació el 1 de febrero de 1938, desde entonces ha vivido incontables historias que a pesar de tener en demasía nunca se ha tomado el tiempo de querer contarlas a alguien más, ya sean sus hijos, sean sus nietos, sean sus hermanos. 

Él ha conocido la vida de esta manera, así como su padre y el padre de su padre. Ellos son gente de campo, que le gusta estar ahí, les apasiona, es ese tipo de personas que tienen el coraje y la dedicación para comenzar las cosas y no dejarlas a medias, gente trabajadora. 

La vida de campo suele ser ese tipo de vida que uno no puede dejar atrás, que sin importar que tan lejos quieras marchar, la tierra vuelve a enamorarte con el encanto de la naturaleza, con la paz y esa sensible tranquilidad en la que disfrutas el único momento imprescindible, el presente. 

Es por ello que nació en mí la curiosidad y el entusiasmo de no sólo escuchar, sino, guardar y compartir la historia que en palabras al aire habría perdido su eco con el pasar del tiempo.

Estábamos sentados en el recibidor de la casona blanca, recién desayunados, unos tacos dorados “del cobarde” que habíamos comprado en la plaza, de fondo el sonido chirriante de la olla llena de granos de maíz, cociéndose, preparando el pozole para la comida.  Le dije que quería hablar con él, que quería escucharlo hablar sobre su vida y él me respondió “pues aquí lo que nos acordemos”

Los Munguía en tierras mexicanas

“Pues sí, mi abuelo por  lo Munguia eran españoles, ellos llegaron cuándo, cómo, no sé, pero lo único que sí sé es que de Sayula emprendió el viaje hasta Valladolid. Buscando tierra con un morral de dinero y le dijeron “ya tierra no hay”. 

“Como en aquel tiempo compraban grandes porciones de tierra los españoles, la única tierra que sobraba era acá en Coalcomán, en un lugar que se llama El cerrito alto. Entonces emprendieron el viaje, mi bisabuelo Jacinto junto con su esposa Saturnina sus dos hijos (Antonio y Martín) y dos hijas (Tranquilina y Natividad). Ya en el camino se les pega otro viejillo metiche llamado Otaviano Moreno y ese viejillo metiche traía dos hijos y los dos hijos se casaron con  las hijas de mi bisabuelo. Vinieron a Coalcomán y compraron la tierra, son como unas cinco mil hectáreas allá, te vas al Cerrito Alto, es del Río Grande subes a la montaña y ves una barranca que se llama la Barranca de Garibay de ahí para abajo, todo eso hasta Chancholo. 

Luego se muere mi bisabuelo y esos fulanos que les llamé metiches se adueñaron de toda la tierra, son mis parientes, los Moreno, los yernos. Mi bisabuelo para evitar esa tragedia antes de morirse se fue a un lugar que se llama el Coyul y compro un rancho, un rancho bueno y se los regaló a los yernos a los dos yernos, nomás se murió él y que se vienen para atrás, venden aquel rancho y se van al rancho de la suegra, dejándole como unas trescientas hectáreas para mi abuelo Antonio y mi tío Martín.”

Hombre de campo

R: ¿Cómo era dónde nació?

H: No pues donde nací estaba el río ahí abajo y ahí en la faldita, estaba un nopal nada más, se llamaba El Paraje del Nopal y ahí abajo estaban las monas ahí en el risco.

R: ¿Las monas?

H: Es que ahí había unas monas dibujadas en la piedra, dicen que es una señal indígena. 

R: Usted toda su vida ha trabajado en el campo, ¿desde qué edad comenzó?

H: La primera vez que me puso a trabajar mi papá yo tenía tres años porque me acuerdo que  me dijo “¡ay mijo ya anda trabajando y apenas tiene tres años!” y me colgó un costalillilo de aquí del buche para que sembrara maíz, entonces yo puedo  decir que desde los tres años empecé a trabajar ¿verdad?

R: ¿Cuándo fue que vinieron a Coalcomán?

H: Fue como en el 57

R: ¿Por qué vinieron para acá?

H: Íbamos y veníamos ya fue hasta el setenta y algo que mi papá vendió allá, entonces nos quedamos aquí. 

La vida en EUA

R: Usted se fue a trabajar a Estados Unidos ¿A qué edad?

H: Pues me fui el 56 la primera vez, tenía 18 años. 

R: ¿En qué parte estaba trabajando?

H: En Arizona en lugar que se llama Somerton, el primer año, el siguiente me fui a Tracy California a piscar tomate, el primer año fui a piscar algodón y el otro año después fui a piscar fresa. Ya después iba a donde yo quería trabajar ya no iba contratado a Washington a California para donde me daba Dios licencia. 

R: ¿Recuerda cómo era el día a día ahí?

H: Me levantaba a las cinco de la mañana, me iba en camión del servicio de la empresa, nos llevaban y nos traían. 

R: ¿se acuerda todavía de sus amigos, conocidos?

H: éramos un grupo vivíamos en un campo donde le cabían mil, luego otro campo después se llamaba Campo Valleres cabía 600, luego estuve en otro campo que se llamaba campo Carvajal ahí había 300. 

R: ¿Tenía algún momento de descanso?

H: cuando yo estaba allá tenía tres días que descansaba el día primero de Enero, el día acción de gracias y el 12 de diciembre, por año. 

El campo es libertad

R: ¿Qué fue lo que le hizo enamorarse de campo?

H: Es que en el campo hay libertad, en el campo hay oxígeno, yo estuve trabajando en empresas encerrado pero ahí no me gustó porque, yo trabajé en bandas y ahí uno no puede mover la vista para ningún lado más que hacía lo que estás haciendo y eso no sirve. En el campo no, aquí te subes a un árbol o si andas allá piscando pues estás piscando, si estás podando pues estás podando si andas regando traes tu pala, vas para acá y vienes para acá, tienes libertad y en una empresa estable no hay libertad de nada, entras a las seis de la mañana y son tres horas ahí sin mover la vista pa nada si hay quebrada y si no hay quebrada hasta que sean las doce a desayunar, cinco seis horas, no sirve eso. A mí no me gustó trabajar en carrerías, en plantas, pollerías.

R: ¿Cuándo fue que pudo comprar su rancho?

H: Cuando me vine de allá y me quedé aquí

R: ¿Qué sintió cuando por fin tuvo su propiedad?

H: No pues yo siempre trabajé en lo propio, como en la casa había rancho pero para mí no es ninguna ventaja tener una escritura que diga que esto es mío, porque hay que cuidar una cosa, no tener avaricia, porque la avaricia te hace ser más esclavo del trabajo, si yo tengo avaricia en mi corazón voy a convertir a ese rancho en mi ídolo, voy a trabajar nomás para él, siempre estresado, siempre defendiéndolo, siempre queriendo mejorarlo, hay que vivir, es poquito lo que vamos a vivir, vivir al día vivirlo bien, sin pensar ¿qué voy a comer mañana?. El día trae su porción confiar en dios, creer en él y lo demás llega por añadidura. Yo nunca he estado pensando en ¿qué voy a hacer? Ay se me va a acabar, no, Dios es Dios y el provee. Es bueno tener una propiedad, tener una casa para vivir, aun pensando que esa casa la vas a dejar, no hay que apegarnos a nada.

Yo tenía vacas y quería un rancho y Dios me dio la licencia de tener un rancho, yo lo compré y lo pagué, luego después le pedí que me diera licencia de tener una casa para poner un negocio. Ocupaba un rancho, me lo dio, ocupaba una casa, me la dio, ocupaba un carro para tener en qué andar, me lo dio y me dio muchos días de vida porque ya tengo más de ochenta años. 

Cuando vivíamos en Chaniyahua había mucha gente porque hermanas de tu abuelita eran muchas, y había mucha gente, yo estaba chiquillo, y toda esa gente ya se murió, nomás quedo yo, una hermana mía que se llama María y un hermano de mi papá que se llama Jacinto, nomás quedamos tres personas de todos los que vivíamos allí en Chaniyahua, a lo que voy es que solo Dios da y quita, porque vivíamos todos allí y me ha dado licencia que siga vivo.

R: De todos los lugares en los que ha estado ¿cuál ha sido el que más le ha gustado? 

H: Así ligeramente Coalcomán porque aquí me quedé, pero para vivir agusto, en el rancho allá en Okorla, ahí es un rancho bonito, ahí me crie; rancho bonito, mucha agua, bonita temperatura, mucho qué comer que es lo que uno debe buscar. Aquí Ciruelitos nunca me gustó, ni me ha gustado, porque no es un rancho productivo, es una esclavitud, estoy como un esclavo ahí, ese rancho ni produce, ¡ya ni llueve! Ni agua tiene.

R: ¿Entonces por qué se queda ahí? 

H: Porque no se ha podido hacer partes, yo de corazón lo largo, me voy, son puros problemas. Allá tengo un rancho en Ticuilucan, pero ahí pasan la generación garra. Allá es mío, aquí no es mío, hay un hombre que lo cuida, pero ¿cuándo vas a estar agusto? Si a cada rato anda pasando por allí la gente mala.

El día a día

R: ¿Cómo es un día normal para usted?

H: Todos los días son iguales, trabajar aquí trabajar allá, si hay que dar de comer hay que dar de comer, si es tiempo de arreglar plantas arreglar las plantas, la milpa, si es tiempo de ir a la cerca a la cerca, pero todo el día ahí, todo el tiempo, es un rancho de esclavitud, eso no sirve. Sí tú tienes un trabajo vas a trabajar cinco días y vas a tener dos días para ti, ¿esos días qué vas a hacer? Te vas a la playa, te vas para el volcán, te vas a la ciudad o te quedas en la casa a descansar, haces lo que tú quieras, porque sabes que nomás cinco días vas a ir a trabajar y como estoy yo, no tengo ni un día, tengo que trabajar 365 días en lo mismo, eso se llama esclavitud. Ni bueno para ti, ni bueno para Dios. 

R: ¿Sí hubiera podido hacer otra cosa que no fuera estar en el campo qué otra cosa le habría gustado hacer?

H: Bueno si yo hubiera tenido la oportunidad de ir a la escuela, yo hubiera desempañado en cualquier puesto, pero aparte de todo he anhelado la libertad. Me ha gustado la libertad, me ha gustado ser libre, entonces en el campo había libertad, no en Ciruelitos, cuando vivía en Okorla, trabajábamos, todos los días pero teníamos libertad, en la tarde salíamos a visitar a algún pariente, a unos primos, los vecinos. Saliendo de trabajar nos íbamos de visita el Domingo, a bañarnos al rio a chacalear, era cambio de rutina, eso era bonito, pero así como estoy, eso no sirve, yo quisiera irme de paseo ¿para dónde? Para donde sea ¡pero irme!, pero no se puede, porque tengo unas vacas flacas que hay que darles de tragar, que cuidar que les caiga agua, estar allí.

R: Suponiendo que deja que se mueran las vacas, que no importe eso ¿a dónde le gustaría irse?

H: Al cielo, a descansar, pues ya a dónde ¿ya qué?

R: No sé algún paisaje, algún lugar escondido, solo para que se quede acostado en una hamaca.

H: No pues allá mi rancho, ahí poner una hamaca debajo de una higuera, oír cantar las chachalacas, oírlas aquí, oírlas para allá, para todas partes, la grita. Allá hay en la montañita. En cualquier parte es bonito, en el campo, pero ya no hay. Porque el mundo está lleno de malandrines, está lleno de gente mala, la gente se llenó de avaricia, de odio, de rencor, de soberbia. Toda la gente ahorita están envidiando lo que tienes, esperando de qué modo quitártelo, es el caso de tu tío Jaime que se remontó allá en la montaña en una sierra lejos. Por eso, ese es el caso, pero menos vivir en la ciudad porque la ciudad está peor, tienes bonita casa, están envidiando tu casa, tienes bonito carro, están envidiando tu carro. 

R: Entonces más bien falta dejar de sentir ese miedo ¿no?

H: Lo que hacía falta es que el gobierno se pusiera las pilas y arreglara las cosas, pero ya no, ya no va a suceder, porque ya creció la maldad, ya es más maldad de lo que el gobierno puede. Luego por si fuera poco el gobierno se contaminó porque se dejó meter soborno, esa gente mala le está dando gran cantidad al gobierno, para que el gobierno se haga de la vista gorda y los deje. Aquí en el pueblo anda mucha gente armada, de esa gente mala, en carros, nomás los dejaron que se metieran al pueblo con la condición de que no se bajarán con las armas en la mano como antes. 

R: ¿A usted le ha tocado ver?

H: No pues hay cantidad, no los voy a conocer, en las motos, cuando veas que una moto hay dos varones de una edad similar, esos son, todos esos traen su buena pistola. Ves cuatro, cinco motos ocho, diez motos que salen juntas y a dos y dos y dos, ellos son, en los carros con vidrios oscuros y llenos los carros de gente. Está podrido eso. Aquí en este pueblillo, yo los he oído, ahí afuera ponen retenes.

Ya no hay confianza ya no puede vivir, no puede uno andar libre, andar tranquilo, no hay. Hay que encomendarnos a Dios y vivir el tiempo que Dios nos dé lo mejor para Dios, para poder vivir, porque, cada rato están matando a la gente por eso, personas que Dios no está con ellos los están matando, Si Dios está con uno no le pasa nada. 

Es bueno leer la Biblia, porque es el libro de la ley de Dios, el libro de las leyes divinas, que también debemos de tomarlas en cuenta y debemos practicarlas, de vivirlas. Porque es nuestra vida futura, para prepararla, porque si no ¿a dónde vamos a ir? Porque no nos vamos a morir como se muere una vaca, nomás, se la comieron los animales y ahí quedó el carcajo. Nos vamos a morir pero Dios tiene un propósito para cada uno, así como tenía un propósito para mí cuando yo nací, que yo nací en el Chancholo en una casa pequeña, en una faldita. Así como Dios tenía un propósito para mí, para que yo viviera más de ochenta años, porque ya tengo más de ochenta años, así tuvo un propósito para ti. 

El aire que paseaba bajo nuestros pies y continuaba su paso hasta salir a la calle dejó que el final de aquellas palabras se quedaran unos segundos en mi cabeza, mientras sus ojos ya cansados miraban el patio trasero, como si recordara más.

 

 

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