EDITORIAL: Un hombre desesperado

El desafío de gobernar uno de los países más poderosos del Mundo implica dominar el equilibrio. Necesaria es la habilidad para combinar decisiones radicales y de alto impacto que legitimen una gobernabilidad y la solemnidad indispensable para enfriar sus respuestas. Sin embargo, cuando los líderes de esa nación comienzan a desequilibrar la fórmula, las implosiones no demoran en suceder y el fantasma del desastre se avisora.

La tarde de este miércoles 6 de enero, cientos de manifestantes a favor del presidente Donald Trump ingresaron armados a las instalaciones del Capitolio, sede en Washington DC de las cámaras legislativas estadounidenses. Un hecho inédito en la historia del país. El motivo fue claro y explícito: impedir que el Senado certificara las elecciones presidenciales del 2020 que tuvieron como ganador al demócrata, Joe Biden. La revuelta alcanzó tal magnitud que  los representantes y el personal debieron ser evacuados mientras que el Gobierno de Washington disponía un toque de queda inmediato para dispersar la multitud.

La masiva reacción de los simpatizantes de Trump es la máxima expresión de un agudo desequilibrio político en Norteamérica. Desde el transcurso de las elecciones a la fecha, el actual presidente ha denunciado fraude e instó a que los estados impulsen una nueva elección. Sin embargo, sus acusaciones fueron desmentidas reiteradas veces por los colegios electores de cada distrito, especialistas e incluso por propios integrantes de su partido. Esto último es el síntoma de la ruptura que atraviesa el seno republicano que sostiene políticamente a Trump. El principio del desequilibrio.

La derrota legislativa de Trump de hace unos días ablandó el último caballo de batalla del juego democrático. Era la alternativa que buscaba para condicionar la gobernación de Biden a través de una mayoría en el Senado y así reconstruir su electorado. Esa nueva derrota se suma al mazazo, todavía vigente, que significaron para Trump las presidenciales de noviembre pasado.

Las puertas de la Casa Blanca se han cerrado una por una frente al rostro de Trump y pareciera que el contexto lo obliga a despedirse saliendo por el patio. Ahora depende de su cintura política. Su renuncia es una opción de doble filo. Por un lado, puede reforzar el discurso de fraude mediante el impacto que conlleva la noticia. Por otro, deja en claro que su desmembramiento partidario es abismal y que deberá distanciarse para no seguir perdiendo. La destitución es otra posibilidad. La conducta acusativa y violenta del actual presidente fogonea el desorden nacional y la institución puede reaccionar con esa respuesta. De suceder, él podría utilizarlo para legitimar su discurso sobre el fraude y señalar la existencia de una operación en su contra.

Donald Trump está a un paso de terminar su mandato. Las derrotas lo han debilitado y sus piezas políticas se han corrompido. El golpe final fue dado por su propio vicepresidente, Mike Pence, quien aseguró que firmará el documento que certifica las elecciones. A esto se suman los republicanos y aliados que manifestaron  rechazo a las acusaciones de fraude. Trump ve cómo se desarma su entramado político y se desespera. Lo peligroso de la desesperación es que nunca opera afín al equilibrio necesario, por ende, la gobernabilidad se torna en una ruleta rusa.

Hay peligro en un hombre desesperado y con poder, pero esto es aún peor si se trata de un presidente de los Estados Unidos. Frente al país de mayor relevancia geopolítica, el máximo mandatario duerme con una bomba entre sus manos. Puede desactivarla y quitarle presión al contexto, o cortar el cable equivocado que destruya la democracia norteamericana. Ahora todo está en sus manos, en las de un tipo desesperado.

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