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El origen de “La Curra”

marzo 20th, 2016 | by Andante
El origen de “La Curra”
Historias
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Mírala, se ve como cualquier otro día, luce su bata casual, zapatos de piso y su cabello gris atado con un chongo austero. Está sentada en la escalinata del pequeño edificio de la Cruz Roja ubicada entre las calles Aldama y Álvaro Obregón, en el centro de la ciudad de Colima. Podrías pensar que es sólo una mujer mayor que está esperando a alguien, o incluso que es una paciente más, tal vez no notes que a quien estás observando es en realidad una leyenda viviente.

Su mirada está enmarcada con la huella de los años. Día tras día observa a los autos pasar delante de ella, siempre mira hacía al frente. De vez en cuando alguien la saluda y si está de buen humor ella contesta. De lo contrario, se limita a balbucear unos insultos. Pero no importa, todo se le perdona. Le llaman “La Curra” y desde hace años es parte de la historia colimense.

Dicen que “La Curra” vive en la Cruz Roja porque cuando dio a luz, su hijo le fue arrebatado y por esa razón decidió quedarse en el lugar esperando pacientemente día tras día hasta que esos días se convirtieron en meses y éstos a su vez en años. Dicen que lo único que quiere es que le devuelvan a su primogénito y que cuando lo hagan, tal vez se marche.

Nena es una enfermera con más de treinta años trabajando para la Cruz Roja y está acostumbrada a los rumores sobre “La Curra”.

“A mí me han preguntado: ‘¿Es cierto que aquí ‘La Curra’ tuvo un hijo y que se lo robaron?’, pero son nada más mitos porque nadie le conoce a nadie”, explica

El rumor no inició por mera casualidad, la gente de los alrededores, acostumbrada a observar el comportamiento de “La Curra”, no podía dejar pasar el hecho de que siempre cargaba un bulto y lo mecía tal como lo haría una madre con un recién nacido.

Para Nena, que ha visto a “La Curra” diariamente durante años, le resulta fácil dividir su vida en etapas debido a su comportamiento.

“Antes, cuando su mentalidad era de niña, siempre traía una muñeca, y la gente le regalaba muchas muñecas, inclusive hasta los muchachos. Y luego para hacerla enojar se la aventaban arriba del techo. Y ya después yo pienso que ya no tenía muñecas o se enfadó de las muñecas y agarraba trapos y los envolvía en periódicos y andaba así en la calle. Y la gente decía que si a raíz de que le habían quitado a su hijo ella andaba así”.

Nena continúa explicando que no se le conocen parientes a “La Curra” y que en el tiempo que ella lleva ahí, ni ella ni sus compañeros de mayor antigüedad en la institución afirmaron que este personaje había parido ahí, ni siquiera se hablaba de un posible embarazo.

Pero si el mito es falso entonces ¿cuál es la razón de que “La Curra” haya decidido quedarse y nombrar a la Cruz Roja y a todo su equipo como su familia adoptiva? ¿Tiene o no familia? ¿Dónde duerme, quién la cuida? ¿Cuál es su nombre?

Las preguntas pueden ser alimentadas por una curiosidad caprichosa o  por una reflexión con bases infundadas, pero todas enfocadas a un persona cuyo mayor mérito ha sido el de mantener una incógnita ante las miradas ajenas, quizás sin darse cuenta.

Historia

El primer día que fui a la Cruz Roja no tenía la intención de hablar con “La Curra”. Le expliqué al muchacho de la ventanilla de dónde venía y que si sabía de alguien que pudiera contarme algo sobre la enigmática señora. Creo que no me entendió bien, porque cuando mencione la palabra “curra”, con expresión despreocupada y apuntando con la cabeza a su derecha me dijo: “está en su cuarto“.

Eso respondía a la pregunta de dónde dormía, pero la idea me parecía curiosa de todos modos. Para mí, ella era una mujer sola, olvidada y sin hogar.

En el umbral de la puerta, aún con siete camas distribuidas en toda la habitación, ahí estaba ella, dormida en una silla con su cabeza descansando en su mano derecha. En apenas un momento tuve la oportunidad de contemplarla: anciana, con una pierna vendada, los dedos de un pie torcidos y la expresión calmada de alguien que está teniendo un buen sueño.

Comprendí que no podría pedirle que se despertara y que me hiciese el favor de responder unas preguntas. Volví con el muchacho de la ventanilla, y le replanteé el asunto. Él me envió entonces con Nena, quien a su vez me mandó con otra enfermera de mayor tiempo en el lugar, Conchita.

A las 8 de la mañana del día siguiente, me decidí a buscar a Conchita. Ella tiene aproximadamente cuarenta años trabajando. Igual que otras personas que conviven con “La Curra”, prefiere llamarla por su nombre.

“Yo oía que unas personas le decían Alicia, porque a veces llegaban y ella estaba sentadita, y llegaban personas así que la conocían y le decían ‘¿Todavía estás aquí Alicia?’, y ya de ahí más no sé”, dice.

Todos los días por su propia cuenta Alicia, “La Curra”, o “Licho”, como también le llaman, se baña, la ayudan a peinarse y luego algunas de las enfermeras le dan comida, aunque por lo regular de eso se encargan don Roberto y su esposa, quienes tienen una tienda de abarrotes frente a la Cruz Roja.

Curiosamente, mientras Conchita me hablaba de los hábitos de “La Curra”, su rutina, sus costumbres y los tratos que recibe, una muy aseada Alicia, salía de la regadera con un shampoo para bebé en la mano.

Ahora se sabe que “La Curra” no está desamparada, pero quedan otras dudas pendientes. Cuestiono a Conchita sobre la existencia de los familiares de Alicia y revela algunos datos, pero no se le ve muy segura de ellos.

“Yo sabía que tenía unos tíos aquí por donde era antes la RL. No sé si la (calle) 27 de septiembre o no sé qué, que tenía una tía por ahí una no sé qué Felipa. La mandaban a pedir limosna cuando ella caminaba bien. Es lo que yo me di cuenta, y de ahí ya no supe por qué se quedó, si los parientes ya no la quisieron tener, no sé qué pasaría. Pero ella se quedó aquí… de repente se quedó”.

Solo una persona pudo asegurar que “La Curra” aún tenía parientes vivos. No hay que caminar mucho para dar con Roberto Valladares, mejor conocido como el tendero. Justo en la esquina frente a la Cruz Roja, don Roberto tiene el ángulo perfecto para observar hacía afuera. La gente llega a cada momento. Me pregunto si podré tener el ambiente como para entrevistarlo.

Es un señor ya entrado en años, le insinúo si sabe algo de “La Curra” y me dice que no sabe mucho, que solo recuerda que sus papás tenían una cenaduría cerca de la Universidad, lo que actualmente es el Instituto Universitario de Bellas Artes (IUBA), que su papá se llamaba Federico y su mamá Aurora, pero que no está seguro si su apellido era López. Le cuestiono acerca de familiares con vida y enseguida busca un trozo de cartón entre otro montoncito de papeles, hasta que lo encuentra.

Mientras sigue buscando recuerda que era “cerquitas”, en la 27 de septiembre, cuando lo encuentra asiente y dice:

“Veintisiete de septiembre número 303, ahí viven Ana y Chuy, son sus únicas parientes”.

Cuando llego a la dirección que me dio don Roberto, Ana María Medina me explica que Aurora López Gutiérrez era el nombre de la madre de Alicia. Aunque ella tampoco conoce su edad, calcula que cuando era una niña, Alicia ya era adolescente.

Alicia está así porque cuando mi tía estaba embarazada se accidentaron y mi tía como que se asustó mucho y por eso Alicia nació mal. Cuando nació no caminaba, se arrastraba. Ya empezó a caminar grande”.

El padre de “La Curra” es un misterio. Ana no conoce ni su nombre, ni su apellido. Sólo se sabe que mientras Aurora estaba embarazada, el padre de Alicia fue asesinado, “La Curra” no lleva sus apellidos. Su nombre completo es entonces Alicia López Gutiérrez.

La madre de “La Curra” murió en una casa de la avenida San Fernando que pertenecía a una amiga suya. Después pasó a ser un establecimiento donde se colocan marcos a las fotografías, pinturas, y demás. Alicia estuvo un tiempo ahí, pero no tanto como para quedarse. Así como un día podía estar en una casa, al siguiente estaba en otra, poco a poco se acercaba a lo que sería su hogar unos años después.

“Estaba muy acostumbrada a andar en la calle”, recuerda Ana.

Conchita me había explicado que en un principio Alicia no se quedaba en la Cruz Roja, sino que se retiraba a partir de las 7 de la noche, con el consentimiento de las autoridades del Consejo.

¿Pero por qué específicamente en la Cruz Roja? La interrogante me sigue a cada momento. Le pregunto entonces a Ana qué piensa al respecto y me explica que tal vez se deba a un viejo amor.

—Yo más o menos lo que oí es que seguía a un muchacho llamado Pablo, y como que ella lo quería mucho. Pero porque…pues yo creo que este muchacho la empezó a tratar bien. Y uno le dice “¿Dónde está Pabo?” y dice que está en el cielo. Se murió el muchacho. Yo siento que por eso empezó a quedarse ahí, no sé. Porque Alicia dentro de cómo está, le gustaban mucho los muchachos. A pesar de que ella no está en sus cinco sentidos, pues es que el cuerpo es cuerpo y ella pues quería otra cosa con los muchachos—. Ana ríe cuando termina.

Después, al cuestionar a Nena sobre la existencia de Pablo, me explica que “la curra” siempre ha sido una enamorada.

—Antes cuando estaba joven sí era algo enamorada. Ella siempre es así, como que se enamora de alguien, por ejemplo ahorita sí está muy pegada con el muchacho que trabaja en la farmacia. — Señala.

“No me extraña”, pienso y recuerdo que uno de esos días la había visto pasar muy contenta tomada del brazo de uno de los socorristas más jóvenes.

Nena me cuenta que para Alicia está prohibido pasar  detrás de la ventanilla donde se encuentra el joven encargado de la farmacia. Explica que antes solía esconder ciertos objetos solo para jugar con él y los colocaba debajo de su colchón al lado de sus pertenencias más preciadas. Entre dulces rancios, muñecas aplastadas y juguetes viejos fue una gran sorpresa encontrar el control remoto de la televisión de la farmacia.

El lenguaje de Alicia es distinto, las frases las dice con ayuda de señas y palabras que ella utiliza para el nombre de sus cosas favoritas. Aun así, puede comunicarse perfectamente con quienes ya la conocen.

Juntar una mano con la otra como si se fuera a rezar significa para Alicia que alguien “se fue al cielo”. En una ocasión Paty Juárez, intendente en la Cruz Roja narra como en un festival del 10 de mayo recibió una sorpresa por parte de Alicia.

—Llegó y me abrazó y me preguntó “¿tu mama?”, o sea me preguntó que si yo tenía mamá, y me dice “¿mama?” y le dije “sí, se murió, no tengo” “¿y papa?”, preguntó, “tampoco”…y me dice “¿también se fue?” sí…y me dice “yo, tu mama”. O sea, que ella va a ser mi mamá. Por eso ahora entiendo porque muchos le dicen mamá.

Para Paty, Alicia representa más que un mito.

— ¿Ha pensado que pasará aquí cuando ella ya no este?—. Le pregunto.

Sus ojos humedecidos por la anécdota anterior estallan por fin. No es un llanto fuerte, sino una de esas lágrimas de negación de las que solo se ve una y se intenta cubrir las demás. Le ofrezco a Paty un pañuelo desechable, ella me agradece y se limpia los ojos con cuidado de no estropear su delineador.

Hay cerca de veinte segundos de silencio en la grabación de esta entrevista, el tiempo que le tomó a Paty pensar su respuesta mientras trataba de evitar el pensamiento tan triste al que yo la había dirigido.

“No había pensado en eso…yo creo que se sentiría aquí muy solito”.

Actualmente Alicia tiene diabetes e hipertensión, ha sido operada de la vesícula, no duerme en su cama por temor a los temblores. Hace cerca de veinte años que dejó de jugar con muñecas.  Es una mujer mayor que podría parecer frágil.

Justo cuando estoy por retirarme de su hogar, Alicia se acerca a mí y me extiende su mano. Ingenuamente pienso que quiere hacerme un saludo formal y también le extiendo la mía. De pronto, con una fuerza descomunal me jala y me abraza, acompaña el gesto con tres golpes en la espalda que eran demasiado para ser llamados solo palmadas. Es fuerte a pesar de sus años. No obstante, nadie sabe qué edad tiene, nadie sabe qué pasa por su cabeza, ni siquiera se sabe la razón de su apodo. Solo se sabe que sin ella, la Cruz Roja en el centro de Colima no sería la misma.

 

Por Dilva Chávez

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