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Xayakalan o el paraíso recuperado | Andante – Suplemento Periodístico de la FLC UCOL

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Xayakalan o el paraíso recuperado

agosto 29th, 2016 | by Andante
Xayakalan o el paraíso recuperado
Historias
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“Hoy vamos a luchar por nuestro pueblo, pueblo valiente que me enorgullece; soy un michoacano, ya me colgué el arma y hoy me he convertido en un comunitario”, así empieza el corrido que suena después de terminado el festejo.

La brisa de la playa y el aire fresco de los cerros golpean el rostro de hombres, niños, activistas y periodistas que comen el caldo de res que las mujeres de San Diego Xayakalan prepararon para esta celebración que reúne a todo el pueblo.

Xayakalan es una de las 22 encargaturas de la comunidad indígena de Santa María de Ostula, en el municipio de Aquila, ubicado en la costa michoacana a unas 2 horas de Tecomán, Colima. Hoy, 29 de junio, se cumplen siete años de la “recuperación” de mil 200 hectáreas de tierras comunales y de la formación de su Policía Comunitaria y su Guardia Indígena Comunal. Después de haber sido arrebatadas por el gobierno y el narcotráfico, la organización y la resistencia permitieron al pueblo recuperar ese territorio.

Es medio día. De lejos se ven llegar algunas camionetas de la llamada Fuerza Rural del Municipio de Coahuayana, con decenas de hombres que desde 2013 decidieron tomar las armas para defenderse del crimen organizado, de sus extorsiones, secuestros y asesinatos. Su comandante, Héctor Zepeda, conocido como Comandante Tetos, corpulento, de barba poblada, uniformado como sus compañeros, con un arma tipo escuadra al cinto, va sonriendo y saludando a la gente. Viene a hacerles compañía, a brindarles su apoyo, su solidaridad a las cuarenta familias que habían sido desplazadas a causa de la violencia en el vecino estado. En 2014 lograron regresaron a su comunidad.

Detrás de ellos viene Cemeí Verdía, exlíder de la Policía Comunitaria de Ostula y coordinador general de las Autodefensas de los municipios de Aquila, Coahuayana y Chinicuila, liberado en 24 de diciembre del año pasado, luego de que fuera apresado durante cinco meses por delitos que nunca se le comprobaron.

Bajo las palapas están las sillas con los invitados y los niños están corriendo. Estamos en una loma de tierra naranja con cangrejos por doquier. Todos se preparan para la misa que recordará a los 34 comuneros muertos y a los seis desaparecidos que van desde el inicio de esta lucha.

La ceremonia está llena de rituales. A niños y adultos se le ponen collares de plátanos y flores, coronas de dulces. Sus miradas llenas de dignidad igualan el paraíso recuperado donde estamos. Es unidad y amor lo que reflejan.

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Fotos por José Martín Peña Guzmán

“¡Que viva el pueblo de Ostula y su guardia comunal! ¡Que se muera el mal gobierno y su mafia crimina!”, dice la canción que tocan los jóvenes de la Caravana de Solidaridad con Ostula, provenientes de la Ciudad de México y de Guadalajara.

Las canciones preparan el terreno para que se compartan experiencias. Distintos pueblos del Congreso Nacional Indígena (CNI) narran sus procesos de organización, dan ánimos. “Abrazamos su lucha, hermanos”, le dicen a esta comunidad que ha sido acechada por proyectos carreteros, empresas mineras y turísticas que han querido explotar sus recursos naturales. Se dan regalos. Un profesor poblano, con el rostro cubierto, obsequia una Virgen de Guadalupe pintada en manta con mensajes de resistencia en náhuatl; también dan fotografías, banderas, palabras cálidas.

Los estudiantes de la Telesecundaria del pueblo ejecutan un baile folklórico. Vestidas con faldas largas floreadas, blusas típicas y trenzas en el cabello, las niñas van junto a sus compañeros varones que portan un traje blanco impecable, sombreros y paliacates en las manos. Han bailado la canción de El alingo lingo que dice: “Soy trovador y mi guitarra es la ley¨, así, como la palabra de los habitantes de Xayakalan, que se convirtió en ley desde que por medio de asambleas comunales tomaron la decisión de seguir resistiendo.

Los aplausos después de cada participación no se hacen esperar. Invitan a todos comer de nuevo: “Compañeros, acérquense, aún se pueden echar un taco, esta celebración es para ustedes”, dicen.

Está apunto de ocultarse el sol. Algunos policías comunitarios resguardan, otros más, con el arma al hombro, juegan con sus hijos, los ven sonreír, correr, porque para ellos, al igual que para muchos en este país, la batalla no terminará hasta que sus territorios dejen de ser codiciados por el capital.

Seguirán luchando “con la frente muy en alto y nuestras armas bajo el brazo; vamos a hacer que se escuche nuestra voz; por el pueblo michoacano, vamos los comunitarios, esperando que el mañana sea mejor¨, termina el corrido.

Por Monserrat Cárdenas

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