De casa habitación a la industria

Por Gabriela Palomino 

La falta de regulación por parte de las autoridades correspondientes respecto a que una industria labore en medio de un vecindario donde predomina la dinámica familiar ha costado la sana convivencia a las familias aledañas a esta empresa.

En un vecindario donde la mayoría de lotes hay casas habitación está situada en medio de la cuadra una Carnicería, una empresa industrial que roba la paz y tranquilidad por la manera en que esta labora, la utilización de un montacarga, alrededor de 6 camionetas y 8 motocicletas de reparto, así como de uso personal de parte de los empleados y dueños que obstruyen una fluida circulación de tráfico, la llegada de sus camiones proveedores, la cámara de congelación que emite ruidos fuertes las 24 horas del día. Los 15 a 20 empleados que obstruyen la banqueta, que se la pasan de una bodega a otra, que no tienen cuidado al cruzar la calle y siempre les están pitando los carros que pasan. Los ruidos que provocan cuando dejan caer las tarimas del montacargas. Los mocas que habitan en toda la cuadra por el agua que dispersan en la calle, agua que huele a mortura, son problemáticas con las que ha tenido que lidiar todo el vecindario, pero, cada uno y su proximidad con la empresa ha tenido que sortear con molestias en particular.

En primer lugar, decidí entrevistar a la persona que creí podría darme la información necesaria como los horarios en el que los vecinos que se encuentran en su casa y/o nombres, para poder acercarme a ellos y entrevistarlos acerca de estas problemáticas.

La señora Esmeralda tiene 67 años, le cuesta trabajo caminar, tiene una rodilla lastimada lo que le impide desplazarse a una velocidad considerable, a mí y a ella se nos hizo eterno que llegara desde su patio hasta su puerta donde me encuentro toda nerviosa. Vive 3 casa antes del galerón donde guardan su equipo de trabajo y una casa después frente al local comercial de la Carnicería, se ve cansada, pero me sonríe como si fuera una gran conocida, calma mis nervios. 29 años viviendo ahí y 17 años tratando de vivir y tolerar la situación a la que se enfrenta con la Carnicería en su vecindario, me lo ha dicho con sensación de sorpresa, ni ella estaba consciente de los años que han pasado desde que se instaló la Carnicería. Ahora bien, como ya mencioné, tiene problemas con sus rodillas y eso le provoca que casi no pueda dormir, “Le pido a Dios que me deje dormir antes de que lleguen los trabajadores o que no los escuche” porque ellos entran a trabajar a las 7 am, pero llegan antes, hace un vaivén con la cabeza, hace muecas y truena sus pequeños dedos arrugados como si no pudiera desgastarse más las articulaciones. Su cuarto colinda con la calle, donde los empleados se esperan a que abran la Carnicería, se ponen a platicar y cada que llegan en moto o carro la despierta el ruido. Así inician todos los días de la señora Esmeralda, sin haber descansado, de manera que se le nota porque su piel desgastada y su mirada afligida la hacen ver más grande de su edad, no obstante, parece que le ha robado la voz a una jovencita, tan entendible e intensa. Es una enfermera retirada, “yo pensé que jubilándome ya iba descansar” pero ha sido todo lo contrario.

En segunda instancia y como la señora Esmeralda ya me había proporcionado datos suficientes para no llegar a destiempo, me acerqué con la señora Karina que vive dos casas después de la cámara de congelación de la Carnicería desde hace 21 años. La tomé por sorpresa mientras regaba su jardín, tez blanca, delgada, muy joven, pero con muchas líneas de expresión en su rostro. Labora en las oficinas de Gobierno, trabaja de 7 de la mañana a 7 de la noche, solo llega a “descansar” a su casa ya que en realidad “desde que pusieron la cámara de congelación no recuerdo haber dormido bien un día” además de esto, “todos los días tengo que lavar mi cochera y las llantas de mi carro” debido a que el agua que desechan se queda estancada afuera de su casa, entonces, cuando mete su coche se lleva consigo el agua, agua que huele a mortura que le provoca nauseas del olor tan fuerte y concentrado a animal muerto, me lo ha dicho viéndome con ojos retadores como si yo fuera la causante de esos problemas de modo que trato de amenizar la plática con sonrisas y ademanes para liberar la tensión. De hecho, desde hace años ha estado intentando vender su casa, pero hasta la fecha, los mismos compradores se han dado cuenta que en realidad no es una buena zona para vivir gracias a la susodicha empresa. Se ha portado muy amable pese a su fuerte carácter.

Luego me dirigí con la señora Cecilia que hace dos años junto con su familia se mudó tres casas a la derecha después de la bodega donde se encuentra la cámara de congelación. Una persona muy alegre y con predisposición a las preguntas, fue ella quién amenizó la conversación con su ligero carácter. Trabajan en casa, así que es muy raro que no se encuentren en ella, prácticamente están todo el día, todos los días. De manera que escuchan, ven, huelen y sienten como labora la Carnicería, desde que llegan hasta que se van, -la noto muy tranquila y con cero incomodad por lo que me cuenta, como si ya está acostumbrada a hablar sobre este tema, cosa que en los demás vecinos no he notado-. Desde su asentamiento vieron la problemática y decidieron cambiarse de casa, pero al decirle los motivos al rentero y él al estar consciente de esto, les redujo un 25% de la renta acordada, de manera que, por la crisis económica por la pandemia causada por el coronavirus SARS-CoV-2 han decidido aguantar todas estas incomodidades. Me lo ha comentado con tanto alivio como si de verdad no importase con lo que tienen que lidiar.

Por último, me acerqué con doña María y don Rafael que viven en el 1775, a un lado del galerón, 32 años desde que compraron su casa, ella tiene 63 años y el 68. Probablemente sean los más afectados de que la Carnicería no tenga las medidas ni los cuidados adecuados para laborar dentro de una dinámica de calle donde la paz y tranquilidad debería abundar.

“Hay muchas moscas todo el día” -don Rafael-. Consideremos ahora que, las moscas transportan gérmenes que van recogiendo y propagando por todos los lugares donde viajan. Esto no es una sorpresa considerando que para reproducirse suelen colocar sus huevos en lugares como basura, excrementos o animales muertos. La mosca doméstica y el moscardón, dos de las especies más comunes de mosca, pueden albergar más de 300 bacterias distintas, según un análisis de ADN publicado en la revista Scientific Reports. Y la mayoría de estos microbios, dicen los investigadores, pueden propagar enfermedades en humanos, incluidas infecciones intestinales, sepsis y neumonía.[1]  Por consiguiente y dado que don Rafael tiene diabetes, una enfermedad crónica degenerativa que lo hace aún más propenso a que adquiera alguna enfermedad de las que trasmiten las mocas. Preocupación con la que vive su esposa doña María, en vista de que tiene que ser más cuidadosa a la hora de preparar sus alimentos para no propiciar complicaciones con la salud no solo de su esposo sino de ella misma. Por otra parte y teniendo en cuenta que viven a un lado donde esta proveedora de carnes guarda su basura (guardan porque una vez a la semana vienen por ella), residuos cárnicos en estado putrefacto, cartones donde les llega la mercancía que posteriormente conservan el olor a mortura y demás basura que genera esta industria, tienen que lidiar con las temibles ratas, decenas de ratas que se pasan a su casa, ocasionando a parte de las infecciones que trasmiten, que doña María gaste alrededor de $150 pesos al mes en raticidas. Me lo han contado con voz casi inaudible, pues los empleados estaban pasando constantemente fuera de su casa y temían escucharan algo de lo que estábamos platicando, o sea, de ellos.

Finalmente, y con cara de angustia “lo que más me afecta es no dejar salir a mis niños a la calle” -doña María-, desde hace 4 años el matrimonio cuida a sus nietos de ahora de 6 y 10 años en lo que trabaja su hijo, pasan alrededor de 9 horas al día con ellos, de 7 de la mañana 4 de la tarde de lunes a sábados. “siento que les robo su infancia, pero prefiero eso a que les pase algo” – doña María- ya que constantemente están llegando las camionetas y motocicletas de reparto, así como los camiones de transporte frigorífico que vienen desde Guadalajara donde les traen mercancía al por mayor obstruyendo la circulación peatonal y vial. A esos niños, si bien les va, acompañan a su abuelito don Rafael a la tienda de ahí en más “no tienen permiso ni de salir a la banqueta” -don Rafael-.

En conclusión, primeramente, quiero aclarar que las personas que habitan en este vecindario son muy tranquilas, la mayoría son personas grandes de edad que no buscan problemas, en realidad nadie. Por lo que en cada entrevista pude notar como unos con la voz casi inaudible, con bastantes tartamudeos y nerviosos, se sentían aliviados de desahogar todas las problemáticas que los afligen día con día, se sentían escuchados, lo que llevó a que la mayoría despertara la ilusión de que ahora que por fin se expresaban, podían desaparecer las molestias causadas por la Carnicería. No obstante, y aunque la costumbre ha alcanzado sus vidas, el vecindario ha encontrado solución a todas estas problemáticas para que ya no ellos, sino, los dueños o autoridades correspondientes hagan algo al respecto: 1-. Que hagan un registro al pie de su banqueta para que por ahí se vayan los residuos de agua o por lo menos le pongan cloro o algún producto que inhiba el olor a mortura, 2.- Que tengan horarios y días específicos para descargar su mercancía, 3.- Que diario recojan su basura, 4.- Que respeten las circulación vial y peatonal. Sin embargo, a pesar de que han encontrado estas soluciones todos caen a la misma cuenta, una empresa que interrumpe la dinámica familiar que se debería vivir en una zona no industrial deberían ser reubicada.

[1] BBC NEWS, 2017.

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