La pandemia en tres tiempos: seguir y adaptarse al cambio

*** Crónica sobre los cambios en la vida cotidiana de una estudiante universitaria.

Paola Godínez

Mediados de marzo, 2020

Comenzaba a volver a mi rutina. Mi vida cotidiana estaba esperando por mí, después de poco más de dos semanas de un reposo obligatorio consecuencia de una cirugía de emergencia, que tuvieron que realizarme a inicios de marzo. Me levanté antes de que sonara mi alarma para irme a la Universidad, emocionada por volver a ver a mis profesoras y profesores, y sobre todo, ponerme al corriente con mis tareas.

Mi papá pasó por mí alrededor de las 6:40 de la mañana. Subí a su auto y emprendimos el viaje. Mis clases se pasaron volando, y a pesar de que todavía no me encontraba 100% recuperada amé cada momento. Pocos días después los profesores comenzaron a hablarnos sobre un posible adelanto de las vacaciones de Semana Santa debido a la pandemia de covid-19. En ese momento no terminaba de caer en cuenta de lo que eso suponía.

Finalmente, la Universidad llegó a la conclusión de que, en efecto, las vacaciones se adelantarían y tendríamos que trabajar y estudiar desde casa. “Bueno, tal vez esto sea bueno”, pensé, “La verdad aún tengo algo de dolor y un poco más de reposo me vendría bien”. Así que ese último puente del natalicio de Benito Juárez fue lo último que supe de mi vida académica presencial.

Febrero, 2020

Se me hacía tarde para entrar a mi empleo y mi pareja no encontraba las llaves de la moto. De por sí ya sentía que me había levantado con el pie izquierdo y ahora pasaba esto. Después de una búsqueda por toda la casa, resultó que las llaves estaban en su mochila así que corriendo bajó las escaleras para ir calentando el motor de nuestro transporte mientras yo bajaba con el mayor cuidado posible. Subí a la moto, arrancó y llegué justo a tiempo.

Chequé mi entrada en el reloj, pregunté por mis pendientes a realizar y no pasaron ni 30 minutos desde mi llegada cuando Norma, la encargada de Recursos Humanos, me dijo que necesitaba hablar conmigo. Subí hasta su oficina, toqué la puerta y una vez recibido el acceso, entré.

“Hola, Pao. ¿Cómo estás?” La noté aunque amable, seria.

“Mejor, gracias”.

“Me alegro. Bien, el motivo por el que quería hablar contigo era debido al tema de salud mundial al que nos estamos enfrentando en este momento; como sabes algunas personas son más vulnerables a contraer esta enfermedad y, por lo tanto, nos vemos en la necesidad de tener que tomar medidas extraordinarias con algunos de nuestros compañeros”. Mientras Norma hablaba yo ya me estaba imaginando las palabras “recorte de personal” y “tú eres uno de ellos”.

“De acuerdo”, continuó, “Debido a que tuviste una operación bastante reciente tú eres una de esas personas con mayor riesgo de contraer esta enfermedad, por lo que, literalmente, te regresaremos a casa hasta que sea el momento adecuado para tu reincorporación a la empresa. Por supuesto se te pagará de manera íntegra todo el tiempo que estés en casa”.  Me le quedé viendo y pensé que podría disfrutar de unas pequeñas vacaciones en casa y lo bueno que sería tener más tiempo para mí, aunque fuera corto.

“Okay”.

“Excelente, entonces nos vemos dentro algunos días, Pao. Cuídate.”

La verdad yo imaginé que terminaría este día laboral y a partir del siguiente ya no tendría que asistir, pero en cuanto bajé me dijeron que tenía que retirarme desde ese momento. Llamé a mi pareja y todo el estrés que había pasado por querer  llegar temprano de alguna manera me pareció algo muy gracioso y me reí. Cuando Víctor llegó por mí le conté todo y nos fuimos a casa mientras planeábamos ver una película.

Abril, 2020

Llevaba casi un mes en casa sin trabajar, sin estudiar, sin hacer absolutamente nada y ya sentía que el aburrimiento me consumía. Al resto de mis compañeros y a todo el personal del trabajo los habían enviado a sus hogares. La mayoría de las tiendas, centros comerciales y lugares que no fueran de primera necesidad estaban cerrados.

El no poder salir con mis amigas y amigos, ir a cenar con Víc y tener que utilizar cubre bocas para hacer absolutamente todo lo que involucrara estar fuera de mi lugar de residencia era simplemente estresante. Sí, ya estaba recuperada, saludable, mi vivienda no podía lucir más reluciente y las cosas por hacer se estaban agotando, así que, como cualquier ser ordinario haría lo que jamás pensé que tendría tiempo de realizar… ejercicio.

El tiempo parecía eterno sin poder seguir la rutina a la que estaba acostumbrada. El ver, leer y escuchar cada vez más detalles acerca del coronavirus me abrumaba y me hacía sentir intoxicada a un nivel increíble. Los meses pasaron; fue en mayo y junio cuando mi muy reciente gusto por hacer ejercicio se convirtió en un buen hábito y mi tiempo extra me ayudó a recuperar mi vieja costumbre por leer, cuando de repente me golpeó “la nueva realidad”.

Julio, 2020

La empresa en la que trabajo obtuvo luz verde para poder re abrir sus puertas al público de Colima que asistió a comprar ropa, mucha ropa, como si tuvieran un lugar dónde ir a estrenarla. Esos días me la pasé muy molesta, no lograba entender cómo es que las personas del estado, aun cuando nos encontrábamos en un vergonzoso semáforo rojo, es decir, no salir a menos que sea absolutamente necesario, ignoraba las indicaciones y salía como si no hubiesen muerto más de 86 personas, ni tuviéramos 228 casos activos de contagios más 77 casos sospechosos al menos en cifras oficiales hasta las 4 de la tarde del cuarto día de este mes.

Las frases, “disculpa, necesito que te acomodes correctamente el cubre bocas”, “por favor, guarden una distancia mínima de un metro y medio” y “no, por el momento no se pueden probar ninguna prenda debido a temas de salud” se convirtieron en cosa de diario. Así también, las ahora típicas respuestas, “¿por qué no me las puedo probar? ¿Cómo voy a saber si me queda o no?”, “ay, sí, ahorita me lo pongo bien, es que no me deja respirar cómodamente”, “mmm, no te vayas a contagiar” y “pues es que no es justo que me tenga que esperar a que salga una persona de la tienda para que yo pueda pasar a comprar, exijo mi derecho como cliente”.

Una compañera de turno completo, quien es la encargada de mi área, era la única persona que aún no volvía. Todos los empleados hacían comentarios tipo “a lo mejor tiene Covid”. Pues sí, a lo mejor eso tenía, pero el tono con el que algunos y algunas de ellas se expresaban era preocupante y grosero. Como  cuando uno se da cuenta de que son precisamente esas personas las que tomarían el hecho de contraer esta enfermedad como motivo suficiente para discriminarte o hacerte sentir menos, o como aquellas que cuando de casualidad estornudas a lado de ellas inmediatamente te lanzan una mirada más filosa que 1000 cuchillos.

Fue hasta ese momento, realmente me apena admitirlo, cuando supe que lo más difícil no sería mantenerse en cuarentena tanto tiempo, sino enfermarse, ver a los que adolecen, perder batallas contra este maldito virus, ser juzgado, discriminado, no tener los recursos necesarios para acudir a un médico o siquiera para comprarse un tapa bocas. Todas esas injusticias juntas y el exceso de trabajo al que se encontraban expuestos médicos, enfermeras y enfermeros era lo que, en lo personal, más alarmante me parecía.

Agosto, 2020

Mi compañera estaba de vuelta. Me confesó que, en efecto, tenía coronavirus y que realmente no se sentía muy bien aunque ya no tuviera más días de incapacidad después del mes que le otorgaron. Un mes, tuvo todo un mes de recuperación y aun no podía respirar, hacer esfuerzos, subir escaleras, comer, oler, percibir el sabor de las cosas; estaba llena de ronchas rojas en la piel y le brotaron hongos en manos, cara y pies, en ocasiones tenía sensaciones de confusión, cansancio, temperatura, toz,  se agitaba, le dolían las articulaciones, la espalda y hasta tuvo que recurrir a un inhalador para no sentir que se ahogaba… pero al menos la diarrea ya no la tenía.

Ese mismo día, cuando me encontraba descansando en casa me pasé gran parte de la noche planeando cómo preguntarle, con temor a ofenderla, si alguien más sabía que se había enfermado o cómo fue que se dio cuenta de que era un caso positivo, cuándo, cómo y dónde le hicieron la prueba y cómo manejaron tanto ella como su familia la noticia y su recuperación. No supe en qué momento, pero me quedé dormida.

Al día siguiente en cuanto llegué a mi trabajo la busqué y, tronándome los dedos, le formulé todas y cada una de mis preguntas de la manera más educada posible. Ella es muy amable y a sabiendas de que me gusta conocer hasta el mínimo detalle de las cosas que investigo me respondió absolutamente todo.

A grandes rasgos, les cuento lo que ella me dijo porque prefirió  mantenerse lo más posible dentro del anonimato: “Del trabajo nada más sabe Ale, la gerente, el líder y Norma… bueno, ahora también tú”. “Comencé a sospechar cuando se me dificultaba respirar sin tener la nariz congestionada. El primer médico al que asistí me dio un diagnóstico de pulmonía y a eso le sumé la diarrea que tenía desde varios días antes. En ese momento fui al hospital a que me realizaran la prueba y me alejé un poco de mis familiares para no contagiarlos, ya que mis papás son muy grandes, tengo muchos sobrinitos y una hermana embarazada”.

Continuó, “Me marcaron por teléfono para decirme que era un caso positivo y me preguntaron el nombre y número telefónico de las personas con las que había tenido contacto para avisarles que tomaran precauciones”. “Todos mis familiares me apoyaron mucho, sobre todo mi mamá. Estuvieron muy pendientes de mi estado y afortunadamente no contagié a nadie más”.

En el siguiente mes se enfermaron dos empleados más. Fue hasta finales de septiembre que mi compañera al fin comenzó a sentirse mejor, sana; en los primeros días de octubre se contagiaron otras dos personas con las que tengo contacto laboral y cada día siento que más gente viene a comprarse ropa y a molestarse por sugerirles tomar las medidas de su y nuestra seguridad. Hasta el día de hoy, 19 de octubre del año 2020 una de mis compañeras positivas de covid-19 no se ha reincorporado desde agosto, otros dos apenas están regresando y aún no se recuperan del todo.

Yo continúo mi vida académica, aunque de manera virtual; trabajo y veo cómo cada día alguien más es infectado y cómo la realidad se acerca cada vez más a mí, a mi círculo. Pienso en mi situación de asma y cómo esta enfermedad realmente podría matarme o a mis seres queridos. Mi carrera en periodismo y mi anterior rutina de repente se ven más pequeñas, ya no son mis prioridades. Sé que este virus en algún momento nos llegará a todos, y que eventualmente existirá una cura de esto que llegó para quedarse, pero no puedo detener mis pensamientos en todo lo que esto ha desencadenado y de las consecuencias que están por venir.

Quería vacaciones extras y las tuve, necesitaba más reposo para recuperarme y lo conseguí, pero ¿cómo podría cualquier persona sentirse del todo bien cuando el mundo en general está mal? Mientras consigo las respuestas que me faltan seguiré aquí, en el presente, tratando de adaptarme al cambio, a mi realidad.

Editado por Rocío Rossi

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