Tras las manos del kendo

Roberto Luna Munguía

La mañana pintaba la escala de grises sobre el cielo, aun así, el sopor de un amanecer caluroso fluía entre el inexistente viento sobre nuestros pies, estábamos bajo el semáforo, la charla no tuvo problema en comenzar, a cada momento él se notaban más dispuesto a contarme sobre su vida y yo, más interesado en escucharlo. 

Fue la primera vez que pude acercarme decentemente a un malabarista callejero y hablar, no sólo robarme una fotografía y después irme, esta vez pude y quise quedarme. Me contó que desde que era un niño salió a las calles para ganarse la vida. 

Pelón llevó una vida difícil desde que nació, su padre nunca vio por él y su hermana y su madre los dejó con su tía para poder irse a cualquier otro lugar. No le gustaba quedarse en casa, estar ahí dentro solo era acostumbrarse a los problemas, siempre le agradó andar por las calles, así fue como tuvo su primer acercamiento al malabarismo

No decidió hacerlo por gusto, comenzó por necesidad, tomó un tubo de fierro que suele estar en los postes de luz y pidió fiado en una ferretería para poder construir su antorcha de malabar. La vergüenza y el temor a aquello que se desconoce le causaron pánico la primera vez, después de eso, todo fue diferente. Estuvo en el hotel las hadas trabajando dando su espectáculo y por cosas del destino pudo certificarse como cocinero, junto a sus compañeros de ensamble, iban a los barrios marginados de Manzanillo y llevaban el arte circense hacia ellos, con la idea de poder aportar algo en las vidas de aquellos niños y jóvenes y quizás así cambiar su futuro. 

Desde hace algunos años que reside en Villa de Álvarez, solía moverse por las avenidas principales y lugares más conglomerados de la ciudad pero por el momento desde hace un año está en el cruce de la Av. Tecnológico a un costado del SNTE. 

Comienza su día laboral desde las ocho de la mañana, va y saca dinero para el desayuno, después de eso, regresa a su casa y nuevamente sale en la tarde desde las cuatro hasta las ocho o hasta que saque un poco más de dinero. 

Había notado a Pelón desde inicios de la cuarentena, cuando decidí salir a las calles para documentar la vida de las personas durante una reciente pandemia, estaba por la Diosa del Agua, en aquél entonces era bastante tímido e inexperto para acercarme a las personas que fotografío, entonces simplemente capturé su rostro y me fui sin decir nada. Esto me funcionó bastante bien para poder hablar con él y decirle que estaba interesado en su trabajo, en su forma de arte y en cómo vive el día a día. 

“Hacer semáforo”

El bullicio de los carros yendo y viniendo, la armonía del caos perfecto en una avenida, toda la cotidianidad en su máximo esplendor, allá a lo lejos, el puesto de comida callejera abriendo de a poco conforme la mañana avanza. Deportistas, aficionados a las caminatas largas, niños en carriolas y ancianos que pasean a sus perros. A pesar de la posición alta del sol aún refresca y las nubes borrosas sirven de filtro. Su esposa y yo parados sobre el camellón, ella recibe el dinero y lo mantiene a resguardo, si es necesario va a por jugo, un dulce, una fruta. 

Su estiramiento no puede faltar, la tranquilidad y confianza que alguien posee cuando sabe lo que hace se reflejaba en sus ojos, unos pequeños saltos para calentar las piernas y poner en marcha el motor. El combustible envasado en una botella de coca cola sin etiqueta, un encendedor naranja con unos cuantos raspones derivado de caídas o aventones a la acera después de su única función. El kendo, la vara, la antorcha como quiera que se conozca, con un ligero doblez en su parte central, su color blanco deja a la vista el paso del fuego, con quemaduras y un notable desgaste por el uso. 

Antes de comenzar tira el kendo al suelo y lo mantiene con los pies, se persigna y con una sonrisa mira hacía su público, chifla utilizando los dedos y haciendo un ademán con la mano grita a todos “¡Buenos días!”. Sus movimientos simulan al de un entrenado Samurái, mueve su cuerpo con el ritmo de su mente, donde suena aquella canción que tanto gusta. La concentración lo vuelven el centro de atención de todos, las llamas aunque débiles por la luz solar, se vuelven bajo la mirada de quiénes transitan. Lanza al aire y atrapa, lanza al aire y atrapa, mueve sus piernas, mueve sus brazos, pasa el kendo por el pecho y por la espalda moviendo con sólo sus huesos, termina y se inclina agradeciendo. 

Son los primeros treinta segundos de un día entero de trabajo, de no perder ningún semáforo, sí acaso sólo uno. De estar en sincronía con el público, de estar expuesto a los peligros de la calle, de mantener la misma condición y sólo recuperar el aliento en un par de minutos, de hacer uno, dos hasta tres semáforos seguidos sin recibir un peso. Es cuestión de paciencia, dedicación y una enorme pasión por el arte circense

Ser malabarista para mí significa ser un artista, ser circense de calle, traer el circo a la calle para que los niños, la gente, en sí todos puedan ver lo que uno hace”.  Con un gran talento y otras habilidades tales como las percusiones y la capoeira, hacían que fuese difícil entender el por qué estaba en las calles, el por qué no volvía a un ensamble, a una compañía a un circo para exprimir al máximo su potencial, entonces entendí que no sólo estaba siendo un precursor del arte en las calles sino que, ya era parte de la cultura colimense, de la cultura mexicana el ir en un auto, o el ir por las calles y ver en una glorieta, en un cruce, bajo un semáforo a un malabarista expresando su arte, sea el malabar que fuese, clavas, antorchas, machetes, cadenas, pelotas, aros, yoyos chinos. 

En cada nueva vuelta que daba, pasando por en medio de los carros hasta que la fila terminara o hasta que el verde reflejara en los parabrisas, tenía un pequeño momento de plática con él, también entendía que no podíamos tomarnos el tiempo del mundo para conversar de todo como si nada, ambos estábamos trabajando. 

No todas las personas tienen el mismo concepto sobre ellos, algunos se limitan a avanzar sin decir nada, ser indiferentes al asunto, otros no es que les importe o les llame la atención lo que hacen, pero con tal de ayudar.

Estábamos prontos a irnos, ambos a desayunar y después de las cuatro volveríamos a vernos en el mismo punto. Cuando después de un acto en una camioneta azul marca Mazda, baja el vidrio y una señora grita hacia nosotros  “Mejor póngalo a trabajar” para avanzar después mostrando enojo en su acelerón. Curiosamente acto seguido, un par de semáforos después, un hombre que ya llevaba la ventana abajo sonreía mientras miraba a Pelón, al terminar asoma su cabeza por la ventana, le da unas monedas y le dice “Muy chido eh, me gustó lo que haces”. 

La tarde 

Marcaron las cinco y media en el reloj, había decidido irme en ruta para poder tener mayor libertad de movimiento y si necesitaba ir a cualquier otro lugar, él ya estaba ahí, los carros apenas comenzaban a llegar, el tráfico real no comenzaría sino hasta en unos cuantos minutos después. Esta vez llevaba algunas preguntas que quizás pudieran mostrar cosas que la curiosidad no dejaba de preguntarme. 

Cada uno va siempre en búsqueda de su felicidad, en cómo puede ir viviendo la vida y sentir que disfruta cada año transcurrido, entonces existe el momento en el que uno conoce algo que realmente le apasiona, que podría dejarlo todo solo por enfocarse a ello y sobresalir. “¿Qué fue lo que pensé? que de aquí iba a vivir, ¿qué fue lo que sentí?  Que si podía hacerlo. 

El malabar le dio la posibilidad de salir adelante, de viajar por los treinta y dos estados de la república, de conocer gente de todos lados, estuvo en Nayarit, Jalisco, León pero más tiempo en Michoacán, Morelia, Pátzcuaro, Zamora. Le dio una nueva forma de ver la vida, de saber que no tenía que estar en un lugar que no quiere estar, que puede ir a la calle y hacer todo lo que le gusta. La necesidad no es problema, puede perfectamente buscarse e irse a cualquier otro trabajo. 

Conforme la luz se perdía, las llamas avivaban más sobre la calle, el pequeño fulgor naranja a los costados del kendo aumentaba la sensación de emoción sobre el público. Hace un par de horas, eran unos cuantos autos, ahora la fila terminaba por dar vuelta en la curva pasando la gasolinera. Cada vez más personas animándose a salir sin preocupación al sol. Es imposible no mirar a un sujeto que manipula con sus manos, con su cuerpo un bastón encendido en fuego. El “buenos días” ya había sido remplazado por “buenas tardes”. Su capacidad para no perder el ritmo de cada truco, de no dejar caer, de no arruinar el espectáculo. Sí acaso una llama se apagaba por el mismo movimiento constante, pero nunca un error notable. 

La plática escaseaba más, aún sin sol, el sudor en su rostro sumado al agotamiento de sus párpados dejaban ver lo exhausto que estaba. No le gusta quedarse hasta noche, experiencias antiguas y cercanas con levantamientos de malabaristas y el temible rumor del cartel Las Marías circulando por las noches y amenazando gente para ponerlos a trabajar para ellos, volvían difícil la tarea de sacar el día antes de las ocho. 

Quizás solo sean rumores, no hay necesidad de arriesgarse, suficiente es con el peligro constante de estar en la calle, ahí fuera cualquier cosa puede pasar, desde un accidente automovilístico, una fractura. Afortunadamente del lado de Villa si dejan trabajar. “Allá tengo que jugar a que soy de una etnia, que hablo una lengua indígena para que me dejen trabajar”. 

¿Afecta al turismo? ¿Afecta la imagen del municipio de colima? ¿Y los tecolines en el centro? ¿Y los borrachitos? ¿Y quienes sólo piden limosna? 

Por más que el esfuerzo sea grande para demostrar que el concepto de los malabaristas callejeros, es diferente al que se tiene, la cultura nos dicta que quien está en la calle es porque no puede hacer otra cosa más que estar ahí. 

Terminada su jornada, le acompañé a casa, me mostró sin problema su espacio. Es amante de los animales, las aves en especial, tiene un loro, dos pericos, dos ninfas, todas libres, sin jaulas, volando por los cuartos del hogar, tiene a su par de conejos, tiene un perro blanco que parece sonreír siempre. 

Su pequeña familia me recibió calurosamente como si ya tiempo que nos conocíamos, pude sentir esa armonía que te da sólo cuando estás rodeado de buenas personas. Vi su vida fuera del malabar, fuera de las calles, vi su vida fuera del trabajo y como cualquier otra persona de este mundo, era tiempo de descansar. 

 

 

 

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